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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

Contrastes de México

 Texto de Guillermo Sheridan que muestra los contrastes de nuestro país.

Masacre Universo

Los 72 indocumentados asesinados en San Fernando Tamaulipas iban en un camión rumbo a Estados Unidos cuando Jimena Navarrete sabía que su belleza la llevaría muy lejos entre el sábado y el domingo pasado y fueron interceptados por un convoy de zetas pues fue muy coqueta y le gustaba mucho que le tomaran fotografías en varias camionetas según el relato del único sobreviviente de la masacre su infancia fue como la de cualquier otra niña quien dividía su tiempo entre los estudios y los juegos con su hermana menor que es la peor masacre en la ola de violencia por parte del crimen organizado en México pues siempre contó con el apoyo familiar durante la infancia y la adolescencia entonces le cerraron el paso al vehículo en el que viajaban y los hicieron bajar de él y les advirtieron que eran Los Zetas desde jovencita la actual Miss Universo se interesó en el mundo del modelaje porque los 58 hombres y 14 mujeres entre ellos menores de edad fueron colocados contra la pared dentro de una bodega del rancho donde comenzó a modelar desde que tenía tan sólo 15 años de edad y ahí se les obligó a quedarse con la cabeza agachada y su belleza llamó la atención de importantes marcas y tiendas consiguiendo importantes contratos con Liverpool Sears y Modama entre muchas otras firmas y eventos y ya entonces fueron fusilados con ráfagas de armas de alto poder porque su triunfo es merecido ya que es una luchadora incansable inteligente y de gran corazón que siempre destacó y después remataron con el tiro de gracia a cada una de sus víctimas.

La liga del texto original es la siguiente:
http://alturl.com/a5v5y

El inicio del resto de nuestra vida

Aquella húmeda mañana de verano dentro de una estación del metro, Angelo se frotaba las manos, un poco por nerviosismo, otro poco por la gélida temperatura. Le aguardaba un encuentro plagado de ansiedad, pactado en forma de cita a ciegas. Solamente contaba con una fotografía, algunas llamadas telefónicas y un par de e-mails. Se preguntaba si todo aquello sería suficiente para reconocerla.

– Llevaré una blusa negra y jeans color azul – Había dicho ella en su última conversación.

Angelo jamás había visto tantas personas con blusa negra y jeans azules. Se sentía un poco avergonzado cada vez que le sonreía a alguna mujer que llevaba aquella combinación y que lejos de devolverle la sonrisa, le dirigían una mirada de  temerosa desconfianza.

Cuando Luisa entró, todas las dudas de Angelo se despejaron. Era ella, la reconoció al instante. Se veía igual que en la fotografía, un poco más linda.

Afuera llovía ligeramente. Se encaminaron hacia la cafetería más cercana. Angelo sostenía el paraguas de Luisa, y le tomaba del brazo cada vez que tenían que cruzar una avenida.

Ordenaron hamburguesas, refrescos y papas fritas. Charlaron durante varias horas, se contaron anécdotas y se dirigieron miradas furtivas.

Cuando salieron, había anochecido. Angelo la acompañó hasta la estación del autobús. Luisa dejó pasar varios de ellos sin decidirse a abordar alguno. “Ahora sí me voy en el siguiente”, decía cada vez que un autobús partía sin ella a bordo.

Luisa buscó la mano de Angelo pero no pudo encontrarla debido a que él la tenía dentro del bolsillo del pantalón, sin embargo, aquella acción los había acercado lo suficiente. Se miraron a los ojos, acercaron sus rostros y se fundieron en un beso plagado de esperanza.

Los días siguiente fueron perfectos. Habían creado su mundo y el amor florecía con cada momento compartido. Se habían tomado de la mano para transitar por la vida y acompañar su existencia juntos, codo a codo, sin barreras impenetrables, sin obstáculos insondables, hasta entonces…

Habían cumplido un mes juntos cuando llegó una inesperada noticia. Una noticia que Luisa había estado esperando desde mucho tiempo atrás. Habían aprobado un proyecto que ella inició y que sería vital para su formación profesional. Sin embargo, el proyecto implicaba que Luisa tuviera que partir durante varios meses a una remota región, en medio de la selva y vivir en una comunidad marginada, en la que no había electricidad ni medios de comunicación. Angelo tenía sus propias obligaciones laborales que no podía dejar, por lo que la situación se tornó indescifrable. Su pequeño mundo se movía en direcciones opuestas. Tenían que decidir.

El adiós estuvo cargado de emociones e incertidumbre. Las manos de Luisa y Angelo se sujetaron más fuertemente que nunca e hicieron una promesa. Se encontrarían varios meses después en un punto acordado, en el pueblo más cercano a la comunidad marginada en la que Luisa se hospedaría. Sabían que apostaban en contra de las posibilidades de que aquel reencuentro sucediera en realidad, pues sin comunicación y con tanto tiempo de por medio, cualquier cosa podía suceder.

Al paso de los días, la incomunicación sobrepasaba las esperanzas. Ninguno de los dos tenía alguna señal de que seguían ahí. Angelo leía una y otra vez los e-mails intercambiados con Luisa antes de conocerse. Portaba su fotografía a donde quiera que iba. Pensaba mucho en ella.

Por su parte Luisa escuchaba una y otra vez el CD de música que Angelo seleccionara especialmente para ella y que le había regalado antes de su partida. Contaba tan solo con un reproductor de discos que utilizaba baterías, por lo que aquel acto de recordar a Angelo mediante el CD duraría hasta que la última batería se agotara.

Ninguno olvidó la fecha prometida, y al cabo de muchos meses de recuerdos, añoranza e incertidumbre, Angelo tomaba el autobús rumbo al punto acordado, a dieciséis horas de distancia, sin saber siquiera si ella estaría ahí o si él seguiría en su memoria. No sabía nada de Luisa desde hacía varios meses. Le dolía imaginarse estando en el punto de encuentro acordado y que ella no llegara.

Descendió del autobús. Tomó un taxi hasta donde llegaba el camino y de ahí le pidió a un hombre que conducía una carreta que lo llevara a cambio de algunas monedas.

En el lugar pactado, había mucha gente. Angelo buscó con la mirada pero no vio a Luisa por ningún lado. Recorrió todo, incluso preguntó a cualquiera que quisiera responder, si habían visto a alguien con las características de Luisa. Finalmente al cabo de un rato de agónica incertidumbre, pudo ver a la distancia una figura conocida, en el mismo lugar, en el mismo punto en el tiempo. Ella llevaba una blusa negra y jeans de color azul…

Fragmento de Antonio y su madre…

 

El viejo reloj de arce blanco marcaba las once menos dos, todo era quietud en el exterior y a duras penas se podía observar alguna tenue luz a través de las ventanas de la vieja casona, ubicada en un barrio elegante y antiguo de aquella ciudad. Antonio estaba de pie, frente a uno de los ventanales de la gran sala, sotenía en la mano derecha un puro de buena marca y la izquierda dentro del bolsillo de su saco. Su mirada era extraviada, como de alguien que mira sin observar, pues su mente se concentraba en el sueño que acababa de tener y que le había obligado a saltar de la cama y vestirse como si fuera a salir. Sin embargo, su intención no era abandonar la casona.

– Fue solo un sueño – decíase a sí mismo.

Un fuerte golpeteo en la puerta principal le sobresaltó.

– ¡Amanda! – Gritó Antonio, mientras dirigía la mirada a los pisos superiores.

Los toquidos en la puerta se repitieron.

– ¡Amanda! ¿qué no escuchas la puerta muchacha? – Dijo Antonio.

Se dirigió a abrir con actitud de hastío, mientras murmuraba para sí mismo la ineficiencia del servicio doméstico.

Corrió los tres cerrojos de la pesada puerta de madera finamente tallada y abrió lo suficiente para alcanzar a asomarse por una rendija, antes de dejar entrar a quién llamaba. Un aire helado entró, y Antonio sintió un terrible escalofrío, que lo hizo estremecerse, abrió la boca lo más que pudo con una mueca de terror, pero no pudo emitir sonido alguno, sintió como se erizaba la piel de su nuca.

– ¡No es posible! ¿Madre? – dijo en voz susurrante y quebradiza mirando aquella silueta que era idéntica a su difunta progenitora.

Sin querer había soltado la pesada puerta blanca que se encontraba abierta de par en par, no atinaba a decir una sola palabra, pero deseaba que alguien más estuviera viendo aquella imagen para no sentir que estaba perdiendo la razón.

La silueta entró a la casa seguida por la mirada incrédula y atónita de Antonio que no podía dejar de sentir escalofríos ni atinaba a proferir palabra alguna.

Aquella figura misteriosa avanzó como flotando y se detuvo a media sala, se volvió para mirar fijamente a Antonio.

– Vine a decirte que pronto estaremos nuevamente reunidos – dijo con una voz que parecía salir de los mismos cimientos de la casa.

– ¿Cómo? – respondió Antonio casi susurrando.

– Yo no puedo decirte si estarás conmigo o en otro lugar muy diferente – dijo aquella misteriosa silueta. – Pero vine a advertirte que la manera en la que vivas tus últimos días determinarán tu lugar en la eternidad.

Antonio pensó que estaba volviéndose loco, se restregó los ojos con ambas manos, trató de abrirlos lo más que pudo para ver si aquello no era solo un sueño. Sintió el impulso de llamar a toda la servidumbre pero algo desconocido e incierto lo detenía. Aquella figura parecía adivinar sus pensamientos pues continúo hablándole.

– Estuve contigo en tu sueño, y he estado aquí por mucho tiempo, pero no siempre se me permite manifestarme – dijo aquel espectro – sin embargo, ahora es diferente, tenía que advertirte.

– ¿Significa que… voy a morir pronto? – inquirió Antonio.

– Significa que vas a dejar la existencia tal como la conoces y pasarás a un nuevo estado de conciencia, tú determinarás cómo será tu nueva morada – dijo su madre con voz cavernosa.

– ¿Cómo sé que eres real y que no estoy soñando? – dijo Antonio.

La figura espectral se dio la vuelta y avanzó hasta la escalera, comenzó a ascender hacia las habitaciones del segundo piso seguida por Antonio. El pasillo era largo y bien iluminado, con una decena puertas contiguas de madera tallada. El espectro avanzó hasta la penúltima de las puertas y se detuvo.

– Supongo que debo abrir – dijo Antonio.

Aquella figura no contestó, se limitó a apartarse y esperar que Antonio abriera la puerta.

– Pero no tengo la llave, es una habitación que casi no se utiliza, tendría que llamar a la sirvienta para que abra – dijo Antonio.

Ni bien había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando la puerta se abrió sola como si tuviera vida propia. La fantasmagórica figura entró en la habitación seguida por Antonio. Aquel cuarto era bastante amplio, decorado con colores claros y con una reluciente lámpara en el techo que iluminaba a la perfección. Las paredes estaban cubiertas de tapiz con grabados de flores, había un enorme armario de madera cuya altura llegaba hasta el techo. En un rincón había sábanas cubriendo algunos muebles y cajas que contenían artículos de decoración que no se utilizaban.

Fragmento… Lucía y Arsenio

Lucía tomó el dije que llevaba al cuello. Oprimió las laminillas que activaban el mecanismo de apertura. Lo acercó a Arsenio sin desabrocharlo de su nuca. “Mira, puse tu retrato adentro – dijo Lucía –. Lo tengo guardado en un cajón para que nadie se de cuenta, pero lo miro todo el tiempo”.

– Ocúltalo bien, por lo pronto no es conveniente que nadie lo sepa – dijo Arsenio.

– ¿Por lo pronto? – Preguntó Lucía – ¿Significa que dentro de poco le podremos decir a todos?

– Sí Lucía. Hoy cerré algunos buenos negocios que me darán mucha prosperidad. En poco tiempo me encargaré de todo y podrás ir a Europa a aprender lo que toda dama de sociedad debe saber – respondió Arsenio.

– Me gustaría que me quisieras por lo que soy – dijo Lucía bajando la mirada –, sin que trataras de cambiarme, ni de que me convierta en una señora refinada para que sientas que soy digna de ti.

– No digas eso, sabes que el principal motivo es que quiero que algún día seas mi socia, para eso debes prepararte. Ir a Europa abrirá tu visión, podrás ser toda una empresaria o administradora de grandes tierras. Por fin podrás ayudar a tu madre como siempre lo has querido. Mira lo que yo he logrado al estudiar allá. Debes confiar en mí – dijo Arsenio.

Lucía levanto nuevamente la cabeza. “La herencia de tu mamá te ayudó – dijo – por eso ahora tienes tantos negocios”.

– La herencia sólo aceleró las cosas – respondió Arsenio –. De cualquier forma yo estaba destinado a lograr grandes cosas, y las quiero compartir contigo Lucía.

– Dicen unas cosas muy feas de ti en el pueblo – dijo Lucía.

– ¿Y qué es lo que dicen? – preguntó Arsenio.

– Que no te importó que tu mamá se muriera. Que lo único que te gusta es el dinero – respondió ella.

– ¿Qué es lo que tú crees? – inquirió Arsenio.

– No lo sé, pero me pongo triste cada que oigo a alguien hablar así de ti – dijo Lucía.

Arsenio sonrió mientras levantaba la mirada hacia el cielo. Se tomó su tiempo para responder: “Mira las estrellas. Son hermosas. Hay millones de ellas en el universo – dijo -. ¿Crees que haya vida en alguna de ellas?”.

– No lo sé – respondió Lucía.

– Exacto, nadie lo sabe. Tampoco sabemos si existe el cielo, o si las almas buenas van a él cuando mueren. Yo no sé si mi madre me ve desde allá o no. Siempre hay interrogantes que no podemos contestar, y la mejor forma de satisfacer nuestra necesidad de entendimiento es la imaginación. Solemos creer que hay vida después de la muerte, o que hay vida en alguna de esas estrellas. No queremos ocuparnos de las cosas que realmente importan así que preferimos dejar que nuestra mente vuele. Es lo mismo con los rumores Lucía. La gente del pueblo tiene una vida vacía, no tienen aspiraciones, muchos de ellos ni siquiera han salido del pueblo en toda su vida. Por supuesto que lo mejor que saben hacer es ocuparse de las vidas ajenas y elucubrar fantasías que les hagan la vida más interesante. No debes escuchar esos rumores – dijo Arsenio.

– Está bien, yo confío en ti, pero de todos modos me da coraje cuando lo dicen – dijo Lucía.

– Es tarde. Lo mejor es que regreses a tu cama. Mañana nos veremos nuevamente a la misma hora. Mientras tanto, trata de recuperar el frasco con las monedas – dijo Arsenio.

Lucía entrecerró los ojos acercando su rostro al de Arsenio, deseosa del beso de despedida. Él se limitó a acariciarle la mejilla derecha con la mano mientras sonreía. Acto seguido le dio la espalda y volvió a montar en su caballo. Lucía lo miró alejarse con una mirada triste. Suspiró mientras dirigía su mirada hacia las estrellas para repasar mentalmente lo que acababa de escuchar de labios de Arsenio. Enseguida regresó a su casa con el mismo sigilo con el que había salido.