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El inicio del resto de nuestra vida

Aquella húmeda mañana de verano dentro de una estación del metro, Angelo se frotaba las manos, un poco por nerviosismo, otro poco por la gélida temperatura. Le aguardaba un encuentro plagado de ansiedad, pactado en forma de cita a ciegas. Solamente contaba con una fotografía, algunas llamadas telefónicas y un par de e-mails. Se preguntaba si todo aquello sería suficiente para reconocerla.

– Llevaré una blusa negra y jeans color azul – Había dicho ella en su última conversación.

Angelo jamás había visto tantas personas con blusa negra y jeans azules. Se sentía un poco avergonzado cada vez que le sonreía a alguna mujer que llevaba aquella combinación y que lejos de devolverle la sonrisa, le dirigían una mirada de  temerosa desconfianza.

Cuando Luisa entró, todas las dudas de Angelo se despejaron. Era ella, la reconoció al instante. Se veía igual que en la fotografía, un poco más linda.

Afuera llovía ligeramente. Se encaminaron hacia la cafetería más cercana. Angelo sostenía el paraguas de Luisa, y le tomaba del brazo cada vez que tenían que cruzar una avenida.

Ordenaron hamburguesas, refrescos y papas fritas. Charlaron durante varias horas, se contaron anécdotas y se dirigieron miradas furtivas.

Cuando salieron, había anochecido. Angelo la acompañó hasta la estación del autobús. Luisa dejó pasar varios de ellos sin decidirse a abordar alguno. “Ahora sí me voy en el siguiente”, decía cada vez que un autobús partía sin ella a bordo.

Luisa buscó la mano de Angelo pero no pudo encontrarla debido a que él la tenía dentro del bolsillo del pantalón, sin embargo, aquella acción los había acercado lo suficiente. Se miraron a los ojos, acercaron sus rostros y se fundieron en un beso plagado de esperanza.

Los días siguiente fueron perfectos. Habían creado su mundo y el amor florecía con cada momento compartido. Se habían tomado de la mano para transitar por la vida y acompañar su existencia juntos, codo a codo, sin barreras impenetrables, sin obstáculos insondables, hasta entonces…

Habían cumplido un mes juntos cuando llegó una inesperada noticia. Una noticia que Luisa había estado esperando desde mucho tiempo atrás. Habían aprobado un proyecto que ella inició y que sería vital para su formación profesional. Sin embargo, el proyecto implicaba que Luisa tuviera que partir durante varios meses a una remota región, en medio de la selva y vivir en una comunidad marginada, en la que no había electricidad ni medios de comunicación. Angelo tenía sus propias obligaciones laborales que no podía dejar, por lo que la situación se tornó indescifrable. Su pequeño mundo se movía en direcciones opuestas. Tenían que decidir.

El adiós estuvo cargado de emociones e incertidumbre. Las manos de Luisa y Angelo se sujetaron más fuertemente que nunca e hicieron una promesa. Se encontrarían varios meses después en un punto acordado, en el pueblo más cercano a la comunidad marginada en la que Luisa se hospedaría. Sabían que apostaban en contra de las posibilidades de que aquel reencuentro sucediera en realidad, pues sin comunicación y con tanto tiempo de por medio, cualquier cosa podía suceder.

Al paso de los días, la incomunicación sobrepasaba las esperanzas. Ninguno de los dos tenía alguna señal de que seguían ahí. Angelo leía una y otra vez los e-mails intercambiados con Luisa antes de conocerse. Portaba su fotografía a donde quiera que iba. Pensaba mucho en ella.

Por su parte Luisa escuchaba una y otra vez el CD de música que Angelo seleccionara especialmente para ella y que le había regalado antes de su partida. Contaba tan solo con un reproductor de discos que utilizaba baterías, por lo que aquel acto de recordar a Angelo mediante el CD duraría hasta que la última batería se agotara.

Ninguno olvidó la fecha prometida, y al cabo de muchos meses de recuerdos, añoranza e incertidumbre, Angelo tomaba el autobús rumbo al punto acordado, a dieciséis horas de distancia, sin saber siquiera si ella estaría ahí o si él seguiría en su memoria. No sabía nada de Luisa desde hacía varios meses. Le dolía imaginarse estando en el punto de encuentro acordado y que ella no llegara.

Descendió del autobús. Tomó un taxi hasta donde llegaba el camino y de ahí le pidió a un hombre que conducía una carreta que lo llevara a cambio de algunas monedas.

En el lugar pactado, había mucha gente. Angelo buscó con la mirada pero no vio a Luisa por ningún lado. Recorrió todo, incluso preguntó a cualquiera que quisiera responder, si habían visto a alguien con las características de Luisa. Finalmente al cabo de un rato de agónica incertidumbre, pudo ver a la distancia una figura conocida, en el mismo lugar, en el mismo punto en el tiempo. Ella llevaba una blusa negra y jeans de color azul…

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5 comentarios

  1. 🙂 muy lindo!

    Gracias por pasar a visitar y leer!
    (espero no alejarme tanto de los escenarios bloggeros)
    un abrazo abreviado

  2. Hola!!Bueno como veras nueva por a´quí..y la verdad me gustó bastante el relato!
    Un besito…
    Lari…

  3. Me ha parecido un relato cargado de esperanza…No sé por qué me ha parecido sumamente delicado…Gracias y un beso

    • Hola winnie

      Si te dijera que es una historia real, y no cualquier historia, es mi historia personal, así conocí y me enamoré de quien es mi compañera en la vida. Te mando un abrazo.

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