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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

El hoyo en la pared

Hay un pequeño hoyo en la pared de mi habitación, suelo asomarme a través de él para contemplar lo que hay afuera. He visto amaneceres y atardeceres, anhelos y decepciones, cerrazón y templanza, he visto el mundo y también de vez en cuando solo neblina blanca.

 

Un día miré a través del pequeño hoyo y observé un pequeño ser, casi humano, inmóvil, que me observaba, era como una diminuta versión de una persona, de apenas quizá dos centímetros de altura, que vestía ropas color verde con olanes blancos, casi como un traje típico de alguna región irlandesa. Me quedé atónito, despegué la mirada por unos segundos mientras cavilaba lo que acababa de observar, me restregué los ojos incrédulo y nuevamente me asomé, el diminuto ser de ropajes verdes seguía ahí, pero ya no estaba inmóvil, ahora danzaba frenéticamente alrededor de una mesa de banquetes tan diminuta como él mismo, dispuesta para recibir tal vez a una docena de invitados por la cantidad de comida miniatura que había sobre ella. Todo lucía suculento, y por un momento deseé encogerme hasta su tamaño y ser parte del convite, pero no sucedió, lo único que pude hacer fue seguir contemplando la impetuosa danza que aquel ser ejecutaba. Tuve el impulso de hablarle y hacerle mil preguntas que rondaban mi cabeza pero temí que ni siquiera habláramos el mismo idioma o tal vez el volúmen de mi voz que para mi resulta normal, para él representara una fuente de insoportables decibeles, cualquiera que fuera la razón, permanecí en silencio, observándolo por largo rato. No me percaté en qué momento el sueño me venció.

 

Cuando desperté algunas horas después, recordé al pequeño personaje de verdes ropajes y de inmediato me asomé por el hoyo de la pared, para mi sorpresa, había desaparecido todo indicio de su presencia, tampoco la mesa de banquetes estaba ahí y seguramente los invitados ya se habían marchado. Sentí una tremenda decepción, parecida a leer un cuento y no haber llegado nunca a conocer el final.

 

Desde aquel día, invariablemente me asomo al hoyo de la pared, con la esperanza de volver a ver al diminuto ser y quizá algún día ser parte del banquete, hasta hoy, no lo he vuelto a ver…

Mi próximo libro

Hace cerca de tres semanas comencé a escribir mi tercer intento de libro, el cual aún no toma forma, pero ya está en el horno, cocinándose a fuego lento y con mucha calma.

Decidí emprender este proyecto, simplemente porque me gusta escribir y por recomendación de alguien muy cercano que leyó un borrador que escribí hace tiempo, y que me convenció de aventurarme a esta emocionante experiencia.

Disfruto mucho escribir, y me he propuesto como forma de vida hacer más de lo que más disfruto. No pretendo que el libro sea un best seller, pero si pretendo pasar mis tardes sentado en un balcón con una taza de café, plasmando con letras el mundo imaginario que tomará forma poco a poco, esa es la verdadera intención, porque el café sabe mejor acompañado de letras.

¡Un abrazo para todos!

La espera

El reloj marca la una mas un cuarto. Hace ya cuarenta y cinco minutos que él aguarda, impávido, desgarbado, estático, con la mirada en el horizonte, mira sin observar. Su mente se encuentra ausente, pero su presencia en aquel sombrío lugar sigue intacta.

Las manos en los bolsillos le delatan, la impaciencia le asalta y la duda lo desgarra. Su única distracción es la mesa de billar que tiene enfrente. La contempla, se imagina tomando el taco de madera, colocándose en posición inclinada sobre la mesa, fijando la vista en el centro de la brillante bola blanca y ejecutando un movimiento de brazo tan perfecto que cada objeto sobre el paño verde es tocado en el punto exacto para terminar con una carambola impecable. Sin embargo, nada de eso está sucediendo, él sigue de pie en el mismo lugar y se da cuenta que su mente busca desesperadamente escapar de la realidad. Ocasionalmente levanta un poco la mirada y observa las botellas vacías en las mesas del fondo, sin animarse a pedir una que le ayude a abstraerse del entorno.

 Dos hombres sentados en la mesa mas próxima le invitan a beber. Él sonríe con amabilidad pero declina la invitación. Los hombres impávidos mantienen la vista en sus copas, adormilados, ausentes, juntos pero solitarios, sumergidos en su propio mundo, ocultando cualquier gesto delator bajo el sombrero. Él se percata de que no hay muchos clientes a esa hora. Al fondo, otro hombre duerme sobre una mesa, utilizando sus brazos como almohada sobre la que reposa el rostro. En la esquina dos mujeres se ocupan de sus propias labores sin prestar atención a la silenciosa desesperación de cuanto ser se encuentra a su alrededor.

Sin más razones para aguardar, que una injustificada esperanza de que suceda un milagro, él sigue de pie junto a la gran mesa de billar, su inquebrantable voluntad de aguardar impávido se tambalea. El taco  de madera sigue en su posición original, las bolas no se han movido ni un milímetro, al igual que sus pensamientos. Tal vez es tiempo de aceptar la invitación de los dos hombres adormilados, tal vez es momento de salir de aquel lugar, tal vez lleva demasiado tiempo aguardando, tal vez lo que sea que aguarde no va a llegar.

Relato de día de muertos

A propósito del 2 de Noviembre, día en que se celebra el día de muertos en México.

 

Aquella era una vieja mansión cuya edad había sido olvidada por el tiempo. Se encontraba edificada justo en medio de un oscuro y mal oliente pantano. Un puente de roca conducía desde el espeso bosque hacia la pesada puerta de madera, custodiada por dos terribles estatuas con forma de temible dragón, a cuyos ojos vigilantes no escapaba visitante alguno.

Un viajero que había extraviado el camino por el bosque, llegaba en aquel momento a la orilla del puente con forma de arco. Al contemplar la vieja construcción, no pudo evitar un estremecimiento que le recorrió desde la cabeza hasta la punta de los pies. Sigiloso se acercó hasta la gran puerta de madera. Tan arrepentido se encontraba de haberse aproximado al lugar que intentó dar media vuelta. De pronto, la pesada puerta se abrió crujiendo y rechinando de manera espeluznante. Su caballo relinchó asustado, irguiéndose sobre las extremidades traseras debido a la silueta que había aparecido en el portón. Se trataba de un anciano encorvado y calvo, que a pesar de su incalculable edad ostentaba una agilidad inusual.

– Pase caballero, no debe andar solo por estos bosques, es peligroso – dijo el anciano con una voz que parecía surgir de ultratumba.

 No fue el deseo lo que hizo al viajero seguir al anciano hacia el interior, sino el enmudecimiento y la falta de argumentos para negarse.

– Lo llevaré al comedor. Hoy celebramos una ocasión especial y tanto al amo como a los invitados les alegrará contar con un comensal más –  dijo amablemente el anciano mientras se acercaban a una puerta tras la que se escuchaba el bullicio de lo que parecía ser una verbena.

El viajero se encontraba totalmente arrepentido de haber ingresado a aquel lugar, sin embargo, ambos llegaron al comedor. Tuvo que ahogar un grito de terror cuando contempló a los invitados que ocupaban las sillas alrededor de la enorme mesa de caoba: Una familia de vampiros que bebían de copas que contenían un espeso líquido color carmesí; una momia vendada de la cabeza a los pies, cuya única parte visible eran los ojos; tres demonios con cuernos y larga cola, que calentaban sus alimentos sosteniéndolos con las manos flameantes; media docena de zombies que aprovechaban cualquier distracción del resto de los comensales para robarles trozos de comida; un hombre lobo que bebía agua de un cuenco, metiendo y sacando repetidamente la lengua; algunos fantasmas juguetones que flotaban y hacían piruetas en el aire, alrededor del viejo candelabro; un espectro con manos de hueso y túnica negra, cuyo rostro era imperceptible; y finalmente una calavera que amablemente se levantó de su silla para acercarse al viajero y ofrecerle ocupar un asiento.

– Adelante noble caballero, hay comida suficiente y para todos los gustos – dijo la calavera, haciendo mover sus huesuda mandíbula.

Sin habla y sin posibilidad de resistirse el hombre avanzó hasta la silla y se sentó. – Esto debe ser una pesadilla – se repetía restregándose los ojos.

La calavera se sentó a su lado haciendo crujir sus huesos – disculpe usted la bulla, mis invitados son algo festivos –  dijo, mientras el viajero la miraba sin atinar a pronunciar palabra alguna.

El anciano mayordomo dispuso frente al viajero un plato cubierto. Al destaparlo apareció un pato horneado de aspecto suculento, acompañado de finas viandas. Acto seguido le sirvió una generosa copa de vino.

– Espero que nuestro menú para humanos le agrade – dijo la calavera anfitriona, con el mismo tono amable.

– ¿Menú para humanos? – preguntó el viajero.

– En efecto, aquí servimos un tipo de platillo diferente de acuerdo a los gustos de cada invitado – respondió la calavera – Observe. El hombre lobo gusta de comer estofado de gallina; a la familia de vampiros le servimos una copa de sangre recién exprimida; a los zombies, jugosos cortes de carne para reponer la que han perdido; a los demonios les servimos caldo preparado con las almas de los hombres que jamás se arrepintieron de sus culpas; la momia suele mostrarse inapetente, lo mismo que los fantasmas, tal vez porque ambos carecen de boca – dijo con tono meditabundo.

El viajero se sintió un poco más sereno de que ninguno de los invitados al extraño banquete acostumbrara comer viajeros recién llegados. Intentó cortar un trozo del delicioso pato horneado con viandas que le habían servido.

Los fantasmas regresaban a sus asientos, agotados de las incontables vueltas alrededor del viejo candelabro; el hombre lobo se había acercado a una de las enormes ventana a fumar un cigarrillo y tomar un revitalizante baño de luna; la momia se había acercado al sanitario, deseosa de enredarse el papel de baño en todo el cuerpo, pues nada le producía más placer que el olor a manzanilla; los demonios hacían trucos con sogas incendiadas que giraban por sobre sus cabezas, mientras se inclinaban hacia atrás hasta quedar tan flexionados que casi tocaban el suelo con la espalda; el espectro con manos de hueso permanecía impávido en su asiento; los zombies bailaban al ritmo de la música del viejo órgano tubular que era ejecutado de manera magistral por el anciano mayordomo. De vez en cuando tenían que detenerse para recoger algún pedazo de brazo u otra parte del cuerpo que solía desprenderse ante tan agitado ejercicio aeróbico.

– Cuénteme de su mundo – dijo la calavera – me interesa mucho saber como viven los humanos.

– ¿Por qué le interesa? – preguntó el viajero.

– Porque uno de mis mayores sueños ha sido apreciar de cerca su vida, poder entrar en sus hogares sin que los niños se asusten, estar presente en sus cenas, festividades y reuniones familiares – respondió la calavera – Le he prometido a mis hijos llevarlos algún día al mundo terrenal, sin embargo, sé que es difícil porque los humanos me temen, represento demasiada amargura para ellos.

El viajero se quedó pensativo por algunos momentos.

– ¿Cuántos hijos tiene? – preguntó a la calavera.

 – Cientos, miles, millones. He perdido la cuenta después de tanto tiempo, pero tengo uno por cada ser humano que cumple su ciclo de vida – respondió la calavera.

– Si la amargura es el problema creo que podemos hacer algo al respecto – dijo el viajero. Enseguida se puso de pie y se dirigió a todas las criaturas presentes.

– ¡Consíganme toda el azúcar que puedan encontrar en la mansión! – Gritó – ¡hoy la calavera y sus hijos visitarán el mundo de los humanos!

Todos los invitados sin excepción se apresuraron a la gran cocina y extrajeron millones de sacos de azúcar. El viajero comenzó a dar instrucciones a cada uno de ellos:

– Los zombies deberán conseguir todo el papel de color brillante que puedan; los demonios calentarán los calderos para derretir el azúcar; los vampiros reunirán a todos los hijos de la calavera y los traerán al gran salón; los fantasmas flotarán por todo el mundo y harán una lista con todos los nombres humanos que puedan encontrar; el espectro con sus manos de hueso introducirá a la calavera y a su familia al caldero cuando la melaza esté lista; el hombre lobo conseguirá bolsas para que yo pueda transportar a las calaveras en mi caballo; y la momia… la momia limpiará el desorden del piso y de la mesa con sus vendas; – ordenó el viajero. Todos pusieron gustosos manos a la obra, eran muy cooperativos.

Al terminar su alegre faena, el viajero montó en su caballo y lo cargó con las bolsas que contenían las calaveras cubiertas de azúcar, adornadas con papel de colores brillantes y con los nombres humanos pegados en la frente.

Desde entonces, en cada hogar humano, las calaveras de azúcar contemplan a las familias departir gustosamente entre risas, cantos y juegos.

Amor y dinero

– ¡Ya no tenemos agua caliente! – dije exaltado.

– ¡Pues báñate con fría! – replicó ella con tono impaciente.

– ¿Pero que no ibas a comprar esta semana el gas para el calentador? – respondí.

– Como si alcanzara con el dinero que tenemos – me dijo mientras me dirigía una mirada asesina. No insistí.

Hacía apenas una semana que me encontraba leyendo el periódico, sentado en mi sillón favorito de la casa, con vista hacia el jardín. Bastaba con levantar la cabeza para empaparse de aquel panorama en el que predominaba el color verde de las hojas sobre el césped recién cortado. De vez en cuando ella pasaba detrás de mí y mecía mis cabellos con los dedos, solía inclinarse y darme un beso en la mejilla.

– Eres el hombre perfecto – decía.

Lo teníamos todo, habíamos construido una barrera afectiva impenetrable, al menos eso sentía yo.

– ¿No te cansa escuchar ese disco de Roberto Carlos una y otra vez? – solía preguntarle.

– Claro que no – me respondía -, “No te apartes de mi” es mi canción favorita, me recuerda a ti.

Tuve una idea. En la siguiente navidad le regalaría unos boletos para volar a Río de Janeiro y asistir a una presentación del cantante. Guardaría celosamente el secreto y prepararía algo especial para sorprenderla. Quizá una cena en aquel restaurante en el que servían lomo de jabalí en salsa de arándanos y su postre favorito, pastel de vainilla inglesa con láminas de tabaco.

Como aún faltaba tiempo para la celebración navideña, se me ocurrió pasar a la mañana siguiente a comprarle un ramo de rosas rojas, con el tallo largo como le gustaban, pues decía que las de tallo corto solo se podían meter en un florero, sin embargo las de tallo largo se podían plantar en el jardín. Ella tenía un don para cuidar las flores.

Cuando miré el ramo de rosas recién comprado, tuve la sensación de que aquel modesto presente no era suficiente, así que lo acompañé con su perfume favorito: “Pure Elixir Poisson” y una caja de finos chocolates belgas.

– ¿Efectivo o tarjeta? – me preguntó la vendedora.

– Tarjeta por supuesto – respondí, obviando que nadie cargaría en efectivo aquella impresionante cantidad de dinero impresa en el ticket de compra. ¡Ella lo valía!

Al regresar a casa después de una extenuante jornada laboral, apenas abrí la puerta, ella bajó corriendo la escalera para recibirme. Cuando me vio con el ramo de rosas en la mano, acompañado del costoso perfume y aquellas delicias belgas, se apresuró hacia mis brazos y me cubrió de besos. ¡El plan había salido perfecto!

Hacía una semana, todos los planes salían perfectos.

Apenas ayer recibí la noticia. Habría recorte de personal en la oficina, todo aquel que tuviera menos de cinco años trabajando para aquella corporación sería susceptible de “entregar la credencial de acceso”. Mi tiempo de trabajo acumulado desde que firmé contrato no excedía los cuatro años y ocho meses. Tras un día de agónica incertidumbre, mi jefe me llamó a su oficina. Una hora más tarde, mis temores se habían confirmado, formaba parte de los afectados por el recorte.

Cuando llegué a casa, no llevaba mi habitual expresión alegre de todos los días, esta vez era diferente. Ella bajó la escalera para recibirme como siempre. En cuanto me vio supo que algo pasaba. Le conté lo acontecido en aquella oficina a la cual ya no podría volver al día siguiente. Le conté de mis frustrados planes para asistir con ella a la presentación de Roberto Carlos en Río de Janeiro para la navidad siguiente. Le conté lo que había gastado en aquel ramo de rosas de tallo largo, acompañado de chocolates belgas y su perfume favorito. Todo aquello había sido pagado con el crédito que yo creía inagotable y que ahora no podría cubrir, al menos hasta encontrar un nuevo empleo igual de bien pagado.

Cuando levanté la vista, ella me miraba con expresión seria. No dijo palabra alguna. Se levantó y fue hacia su habitación.

Los días siguientes fueron como estar viviendo la vida de alguien más. No parecía mi realidad. Ella casi no me dirigía la palabra y cuando lo hacía era para reprocharme por alguna compra que ya no podría hacer debido a mi despido.

El frío de la ducha me hizo olvidar aquellos recientes recuerdos y emitir un gemido involuntario por la desagradable sensación del chorro de agua sobre mi espalda.

– Tengo una oferta de empleo – le dije, tratando de disimular el temblor de voz provocado por la gélida temperatura del agua.

Ella entró al baño y corrió la cortina tras la cual yo intentaba enjabonarme.

– ¿En serio? ¿En dónde? – preguntó.

– Es una empresa de reciclado de residuos, no es tan bueno el pago, de hecho es mucho menor que el anterior, pero es algo temporal – respondí.

Nuevamente cambió su expresión, desapareció la sonrisa de entusiasmo que durante breves instantes me había obsequiado y apareció una mirada dura. Cerró la cortina del baño y salió sin decir palabra alguna…

Filosofía petrolera

El señor P era de complexión robusta, de mediana edad pero tenía el cabello cano, lo que dificultaba calcular su edad. Vestía traje todos los días y tenía problemas intentando abrochar el botón del saco debido a su barriga. Parecía que nunca podía parar, pues su carácter controlador y metódico le hacía tomar varias actividades a la vez, involucrarse en todo, dirigir a las personas e intervenir en conversaciones a las que normalmente no era invitado. Aquellas características, cultivadas desde los años de su juventud, le habían llevado a crear un verdadero imperio en la industria petrolera. Su negocio, una empresa familiar dirigida por él y sus dos hijos, se había convertido al paso de los años en la más importante del país.

Aquella tarde, se había convocado a un evento masivo en un salón de un elegante hotel. La prensa se hallaba presente para documentar cualquier novedad que valiera su peso en oro. El señor P, se encontraba presente, pues nunca se perdía una invitación a un evento como ese. Le gustaban los reflectores pero cuidaba sus palabras, sobre todo cuando los cuestionamientos de la prensa ponían en riesgo su reputación o percibía una doble intención.

El señor P escuchaba atentamente la participación del ingeniero R, que hablaba con la soltura que le daba la experiencia. Se trataba de un potentado hombre de negocios, unos diez años más joven, con ideas novedosas, que al igual que el señor P había logrado una considerable fortuna y una poderosa influencia en el sector. Ambos habían sostenido una lucha de proporciones épicas durante mucho tiempo para ganar el mercado petrolero y año tras año, el señor P resultaba vencedor debido a su experiencia y sus habilidades como estratega.

– ¡La industria petrolera se verá beneficiada a nivel global mediante la adopción de un nuevo modelo de negocio en el que nosotros somos pioneros! – Casi gritaba el ingeniero R con actitud ufana frente a la multitud de asistentes que asentían con la cabeza.

El señor P escuchaba sin prestar demasiada atención, casi mirando la punta de sus propios zapatos, pues solía dudar de cualquiera que pareciera saber más del negocio petrolero que él, sobre todo cuando se trataba de su mayor competidor el ingeniero R, y a decir verdad, estaba un poco harto de tocar siempre los mismos temas en esos eventos. Los últimos veinte años de su vida había estado en todos y cada uno de los foros masivos que se llevaban a cabo por lo menos tres veces al año, siempre con los mismos temas y siempre bajo el escrutinio público. Sabía que terminada su participación sería asediado por los periodistas presentes, pues siempre le tocaba el último turno para subir al podio y cada año opacaba en sus presentaciones a las del ingeniero R.

Sin embargo, aquel año sería diferente. Cuando por fin le tocó hacer su presentación, el señor P se tomó las cosas con tranquilidad. Los presentes esperaban ansiosos las primeras palabras del hombre que año con año demostraba ser la mayor influencia en el medio petrolero. Una palabra suya bastaba para cambiar todo el sentido de la industria para el próximo año. El señor P se acomodó el poco cabello que rodeaba su cabeza como una corona, tomó el vaso con agua que le habían acercado los organizadores del foro, bebió todo el contenido del vaso sin ninguna prisa, lo colocó de nuevo en su lugar, se acomodó la corbata sosteniendo el nudo con ambas manos y girando la cabeza de un lado a otro. Tomó el micrófono y lo elevó hasta una altura adecuada para su estatura, miró en silencio a los cientos de cabezas que aguardaban expectantes e impacientes, y finalmente pareció listo para comenzar a hablar.

– Ya lo ha dicho todo el ingeniero R – fueron sus únicas palabras.

En seguida bajó del podio ante la mirada atónita de los asistentes, que murmuraban entre sí, creando un efecto sonoro masivo, que poco a poco crecía en intensidad. Por supuesto la mirada más estupefacta de todas era la del ingeniero R que no alcanzaba a comprender si aquello era una estrategia inesperada de su rival para derrotarle nuevamente. El resto de los ponentes miraban la escena con la boca totalmente abierta.

Los reporteros saltaron en seguida de sus asientos lanzando al aire cientos de preguntas simultáneas para el señor P, que nuevamente ocupaba su silla detrás de la barrera protectora que mantenía a los expositores fuera del alcance de los ávidos periodistas, mientras uno de los organizadores gritaba a todo pulmón encima de aquel tumulto humano, tratando de calmar los exaltados ánimos. El señor P miraba sin inquietarse en absoluto.

– ¡Calma señores, uno de ustedes, seleccionado por el señor P, tendrá derecho a hacerle una pregunta y sólo una! – condicionó uno de los organizadores a los reporteros que seguían peleándose el derecho de una entrevista.

El señor P escogió al reportero que representaba al medio más importante del país, pues aunque su hartazgo acumulado por los años era grande, no podía romper con el hábito de ejercer su acostumbrado protagonismo, sin embargo sabía que únicamente se transmitía al aire una entrevista de todas las que se hacían durante un evento de esa magnitud y a diferencia de otros años, no deseaba que fuera seleccionada la suya, incluso estaba seguro que este año se transmitiría la del ingeniero R y él mismo contribuiría para que esto ocurriera y ganarse por primera vez el derecho de desaparecer de la escena pública para tomarse un descanso.

– Señor P, ¿qué es en este momento lo usted valora más? – preguntó el reportero, tratando de inducir una respuesta que revolucionara la industria petrolera y le otorgara una exclusiva de grandes dimensiones. El ingeniero R era el más expectante y todos sus sentidos se encontraban en alerta para estudiar la respuesta que daría su contrincante de negocios.

– Mi tranquilidad – respondió el señor P.

– Pero, ¿eso qué tiene que ver con el negocio petrolero? – casi gritó el reportero ante las exaltadas protestas del resto de los entrevistadores, cuya oportunidad de preguntar había sido frustrada y que no estaban dispuestos a permitir una segunda pregunta del afortunado que había sido escogido por el señor P.

– No tiene nada que ver con el negocio petrolero, pero usted me ha preguntado que valoro más y eso es mi tranquilidad – respondió el señor P -, así que si lo desea podemos hablar de eso o me veré obligado a pedirle que no me pregunte más – concluyó.

– Está bien señor P, hablemos sobre la tranquilidad – dijo el reportero.

Casi diez minutos después el señor P había hecho toda una disertación sobre la tranquilidad y sobre como su carrera de prominente ingeniero y empresario le había creado un estilo de vida completamente carente de momentos de reposo. Habló de Freud, habló de Platón, habló de Sócrates, habló de Mandela, habló de Dios, habló de Buda, habló de John Lennon, habló de Charles Dickens, y sobre todo habló de lo mucho que lamentaba no haber destinado más tiempo a sus seres queridos y a su persona. Habló de todo menos de petróleo. 

El evento de aquel año concluyó con las entrevistas al resto de los participantes, incluido el ingeniero R que no desperdició la oportunidad y contestó a todas las preguntas de los reporteros. ¡Le habían dejado el camino libre para colocarse como protagonista de la industria por primera vez en muchos años!

Una semana después, el señor P se encontraba en la casa de campo que había adquirido algún tiempo atrás. Aprovechaba que este año no sería el hombre del momento en la industria petrolera ni en los medios y era la oportunidad perfecta para tomarse un merecido descanso. Se hallaba en la sala con su familia mirando el noticiero cuando se anunció el reportaje estelar de la sección de negocios, cuyo tema era el evento petrolero de la semana anterior. Se promovía con grandes pompas que después del corte publicitario se transmitiría la entrevista a uno de los líderes más influyentes de la industria del petróleo, que había sido seleccionada de entre el resto de las entrevistas.

El señor P se dispuso a escuchar las palabras del ingeniero R, con la misma actitud de desparpajo que adoptaba siempre que tenía que oírle, pues estaba seguro que habrían escogido a su más cercano competidor debido a que él mismo había salido de la contienda al rehusarse a tocar temas empresariales. 

Para su sorpresa, una vez concluida la sección publicitaria, el mismo reportero que lo había entrevistado apareció en pantalla. Anunciaba la entrevista exclusiva que se transmitiría a nivel nacional sin cortes ni ediciones, cuyo título era: “Los ingenieros petroleros también filosofan”. Una vez más, el señor P había influido de manera significativa en el rumbo de la industria petrolera con aquella aparición en televisión, y los reflectores estaban puestos en él más que nunca.

A partir de aquel año, las preguntas de los reporteros incluían cuestionamientos de carácter filosófico.

“Las personas no buscan protagonismo, el protagonismo es el que busca a las personas”.

 

La coincidencia

(Basado en una historia real)

Aquel lugar era una vieja casona, de estilo rústico y olores cálidos, que había sido remodelada para construir habitaciones que en la época de vacaciones eran ocupadas por montones de alegres turistas. El corredor principal llevaba a un amplio jardín, repleto de limoneros, naranjos, colorines, rosales y  palmeras altas e imponentes que eran sacudidas por las ráfagas del viento otoñal, que comenzaba a permear en la región.

Don Silvestre Mejía trabajaba en aquella posada desde que aún era habitada por la dueña hacía quince años, pero ahora había sido adaptada como un lucrativo albergue turístico. Se trataba de un hombre maduro, de cabello cano, estatura mediana y complexión delgada. Aquella mañana silbaba alegremente una tonada local, mientras recogía los vasos de cristal que se encontraban en las mesas de hierro forjado con cubierta de cristal de la terraza, que apenas unos minutos atrás eran ocupadas por algún comensal. Le gustaba sonreír cuando cruzaba la mirada con los huéspedes y su atención hacia ellos era sumamente amable. Muy frecuentemente se detenía a conversar con quien fuera que respondiera a su sonrisa. Hablaba del clima; de las últimas noticias de nota roja; del huracán, que acababa de asolar la región una semana atrás; de la receta del día, que la esmerada cocinera reservaba celosamente como sorpresa  hasta la hora del almuerzo; de las zonas de la ciudad a las que se podía ir sin mayor problema y de aquellas que eran consideradas de peligro. Cualquier tema era ideal para socializar. Como cuando tres días atrás su mujer le pidiera pasar a comprar los materiales que su hija de cuatro años necesitaba para la escuela y que él olvidara por completo, teniendo que llevar consigo a la niña al trabajo, para dejarla encargada con Julián, el hombre de la recepción, mientras él iba de carrera a comprar los materiales, y más tarde a dejar a la niña a la escuela. Todo esto sin que su jefe o su mujer se dieran cuenta de semejante descuido.

Aquel día, Don Silvestre se iba a llevar la sorpresa de su vida, cuando se encontraba recogiendo los trastos sucios de las mesas. Un objeto de brillante color rojo que ondeaba en la copa de un árbol del jardín llamó su atención. Se trataba de un globo de helio con alguna especie de carta pendiendo del hilo que sujetaba la boquilla y que se había enredado en las ramas. Buscó la vieja escalera de aluminio, que utilizaba para podar los arbustos; Subió hasta el brillante objeto y lo descolgó. La hoja de papel que pendía del hilo era un sobre cerrado, con algo escrito en él, que Don Silvestre no podía distinguir debido a que no llevaba puestas sus gafas. Entró a la cocina a buscarlas, se colocó bajo la luz de una lámpara y leyó aquellas palabras escritas en el sobre, que provocaron que su corazón diera un vuelco.

“Dirigido a: Silvestre Mejía”

– ¡Yo soy Silvestre Mejía! ¿Cómo pudo llegar esto aquí? ¿Quién me lo mandaría y de esta forma tan extraña? – Se preguntó.

 Presuroso abrió el sobre y comenzó a leer:

 

   ”Me siento muy orgulloso de todo lo que he logrado durante estos años que he tenido la oportunidad de recibir una educación a pesar de que mi familia no es de ingresos altos y agradezco a Dios, que seguramente recibirá esta carta en el cielo, por todo lo que me ha dado. Atentamente: Andrés Alberto Ruvalcaba, 7 años”.

Don Silvestre quedó sumamente intrigado por el contenido de aquella misiva, pues no entendía la razón del contenido y mucho menos por qué iba dirigida a él. Repetía mentalmente aquellas palabras escritas sin comprender.

– ¿Un niño de siete años? ¿Por qué me escribió? ¿Y con una carta en un globo? – Repetía mentalmente sin entender.

Cuando abrió nuevamente el sobre para meter la carta, se percató de que había una pequeña tarjeta en el interior que no había visto al principio.  La sacó y leyó lo que tenía escrito:

“Escuela Silvestre Mejía, forjando a los niños del futuro”.

Después de unos instantes de sorpresa e incredulidad, tomó el directorio telefónico y buscó en la sección de escuelas. Ahí estaba, se trataba del mismo anuncio publicitario que acababa de leer en la pequeña tarjeta. “Escuela Silvestre Mejía, forjando a los niños del futuro”. Don Silvestre no podía dar crédito a lo que acababa de leer, tuvo que leerlo y releerlo varias veces más. La escuela llevaba su nombre. De inmediato tomó el teléfono y llamó al número que aparecía en el directorio para asegurarse que era real.

 – ¿Quién llama? – Dijo una voz de mujer del otro lado del teléfono.

 – Soy Silvestre Mejía.

 – No tengo tiempo para bromas – Respondió la voz  de la mujer con tono de enfado y acto seguido colgó.

Desde entonces, Don Silvestre tuvo una anécdota más que contarle a los huéspedes de aquella posada de estilo rústico y olores cálidos.