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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

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    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

De los que ya no hay

– Sólo serán unos días – Había dicho mi jefe.

– Diablos! No tengo tiempo – pensé para mis adentros. No me complacía hacerla de guía de turistas ni visitar lugares que ya conocía solo para que un desconocido extranjero tomara fotos y me dijera lo bella que es la ciudad, ¡como si no lo supiera!

Hacía una semana de aquella conversación y ahora me encontraba en el aeropuerto, afuera de la zona de llegadas internacionales, sosteniendo un letrero con el nombre de aquel eminente “computólogo”, traído desde lejanas tierras: “Brandon”.

En la oficina se preparaban las correspondientes amenidades para agasajarlo. Se había contratado una agencia de edecanes que estarían  situadas en la entrada principal. También le aguardaba una mesa repleta de viandas con un elegante servicio de meseros. El personal de la empresa había sido “invitado” a la recepción con la condición de llevar vestimenta formal y por supuesto se había contratado un taxi ejecutivo que solamente incluía vehículos Mercedes Benz en su flotilla. Demasiado para mi gusto.

El misterioso invitado se había labrado una excelente reputación en el mundo de la informática debido a su capacidad técnica y su impresionante currículum vitae, prácticamente había rescatado a cada una de las grandes corporaciones líderes de la industria con el resultado de sus servicios. Su salario era exorbitante y se decía que ninguna otra persona en el mundo tenía tan desarrollada su capacidad tecnológica y analítica.

– Seguramente es un estirado que cobra hasta por respirar y tal vez ni se digne a mirar a un empleado modesto como yo – Me dije.

Exactamente faltando un cuarto para las ocho de la mañana, los monitores indicaron la llegada del vuelo cuyo número tenía registrado en mi pequeña libreta de apuntes, procedente de New York . A los pocos minutos los pasajeros comenzaron a salir a través de los detectores de metal de aquella sala de espera.

Un hombre mayor avanzó hacia mi con un aire de prepotencia que me hizo suponer que era el esperado invitado, estaba a punto de abrir la boca para saludarle cuando otro hombre se le aproximó y le obsequió un fraternal abrazo. Ambos se dirigieron a la salida. Volví la mirada hacia donde los recién llegados continuaba saliendo.

Un joven que vestía ropa de diseñador me dirigió una sonrisa y se acercó hasta mi, le extendí la mano para saludarle, me miró un poco extrañado pero estrechó mi mano.

– Tú debes ser Brandon – le dije, intentando mostrar mi mejor sonrisa.

– Eh… no, soy Steve, solo quiero saber por dónde es la puerta número cinco – respondió.

Le señalé hacia el fondo del pasillo. Me agradeció inclinando ligeramente la cabeza y se alejó en la dirección indicada.

De pronto escuché una voz con acento extranjero por encima de mi hombro :

– Hola, creo que tú eres mi anfitrión – dijo.

Se trataba de un joven bien vestido pero nada ostentoso. Llevaba pantalones de algodón color caqui, zapatos de gamuza color café, una chaqueta de piel y un sombrero tipo fedora.

– ¿Brandon? Le dije, con cierto aire dubitativo.

En efecto – respondió, – Ese es mi nombre, por lo menos hasta que mis acreedores me encuentren – soltó una alegre carcajada.

Nos encaminamos hacia el taxi ejecutivo mientras le hacía las preguntas de rutina, sobre el vuelo, sobre el clima, sobre el servicio de la aerolínea . Al llegar al taxi esperé naturalmente a que el chofer nos abriera la puerta casi sin voltear a verlo, sin embargo Brandon le saludó amablemente, estrechó su mano con una sonrisa en el rostro, como si se tratara de un conocido cercano, le preguntó su nombre y lo más sorprendente fue que el mismo Brandon abrió la puerta del chofer y la mía – Adelante caballeros – dijo acto seguido.

Intenté disimular la incomodidad que me produjo la situación. Brandon había elogiado la corbata del chofer, me di cuenta de que yo ni siquiera me había percatado de su vestimenta, tampoco le había visto el rostro, a pesar de que viajé con el mismo chofer durante una hora hacia el aeropuerto, por supuesto jamás le pregunté su nombre. Sebastián, por cierto.

– ¿Qué opinas sobre la liga de campeones? – Pregunté a Brandon con el fin de hacer plática.

– Bueno, ya está fuera mi equipo favorito, el Barcelona, pero creo que vienen buenos encuentros. ¿Y a ti qué te parece el torneo Sebastián? – dijo Brandon dirigiéndose al taxista.

– Pues mientras el Manchester sigua en pie yo conservo las esperanzas señor – respondió el taxista con una amplia sonrisa.

Brandon rió.

– Ojalá gane tu equipo Sebastián, y si es así yo te mando una botella de vino de mi país, ¿qué te parece?

El taxista sonrió sin atreverse a aceptar aquel ofrecimiento, pues las políticas de los taxis ejecutivos no permiten recibir regalos de los clientes.

– ¿Sabes? Tengo un poco de hambre, la comida a bordo no era nada generosa, pidámosle a Sebastián que nos lleve a un restaurante que quede de paso – dijo Brandon.

– Hay un inconveniente – respondí – te han preparado un banquete especial en la oficina.

– Vaya, que mala suerte. No quiero verme desagradecido pero no me gustan las recepciones con bombo y platillo, son tan artificiales e indignas para la gente que es obligada a cumplirlas con el fin de recibir a alguien que ni siquiera conocen y a quien obviamente no aprecian, pero son inevitables. Vamos pues – dijo.

Me intrigaba aquel hombre, no era nada de lo que yo había imaginado, no había prepotencia por ningún lado, no era altivo ni menospreciaba a la gente que le servía.

Al llegar a la oficina, toda la comitiva de recepción se encontraba aguardando. Brandon descendió del taxi, le dirigió una amable sonrisa al chofer – ¿Te quedarás a almorzar con nosotros Sebastián? – preguntó.

– Oh, no señor, muchas gracias, tengo que regresar a recoger a otros clientes -respondió el taxista.

– Es una lástima. Bueno, ha sido un placer viajar a bordo de tu auto, tengo tus datos en la tarjeta, así que si gana el Manchester prepárate para celebrar con el vino que te prometí  – dijo Brandon mientras estrechaba la mano de aquel hombre al que apenas conocía.

– ¡Bienvenido Brandon! ¡Es un placer tenerte aquí! – saludó estruendosamente el director de la compañía mientras abría los brazos.

– Muchas gracias, no sabía que tanta gente me recibiría, de lo contrario me habría ataviado mejor, no quisiera ser una molestia – dijo Brandon.

– ¿Molestia? – Respondió el director – Oh no, al contrario, estábamos ansiosos de recibirte.

El evento de bienvenida se desarrolló entre risas, sonidos de copas chocando, meseros deambulando con charolas repletas de suculentos bocadillos, manos estrechando otras manos y un sin fin de comentarios sin trascendencia.

Yo no podía evitar tratar de estar cerca de Brandon, quería escuchar lo que decía, conocer un poco más de su trato hacia otras personas, contagiarme de su entusiasmo y su sencillez.

Cuando el director preguntó quién se ofrecía a mostrarle la ciudad a nuestro huésped, fui el más elocuente y entusiasta para ofrecerme. Me sorprendió darme cuenta que apenas unos días antes me pesaba imaginar que me eligieran a mí para dicho encargo y ahora voluntariamente me estaba haciendo responsable.

Por la tarde de aquel día había programada una comida de trabajo con el personal de Sistemas, nos acompañaban a la misma mesa varias colaboradoras del sexo femenino de diferente rango, desde asistentes hasta directoras de área. Además de los temas de trabajo, Brandon nos mantuvo cautivados toda la velada con frases interesantes y amenas, de vez en cuando soltaba algún comentario gracioso que hacía que todos riéramos alegremente. Cuando alguna de mis compañeras vaciaba su vaso Brandon llamaba de inmediato al mozo – Disculpe caballero, la señorita tiene su vaso vacio, ¿sería tan amable de traerle otra bebida por favor? – Decía. No parecía ser el invitado, parecía más el anfitrión.

Después de la comida hubo varias reuniones con el director y una conferencia en la que Brandon nos expuso un caso real para ejemplificar cómo el liderazgo dentro de las áreas de sistemas puede ayudar a las empresas a minimizar las pérdidas económicas y a maximizar el uso de tecnología. Sin duda el tema me interesaba, pero lo que verdaderamente me atrapaba era cada vez que Brandon dejaba de lado el lenguaje de negocios y hacía algún comentario que ocasionaba una sonrisa de los asistentes. Parecía tener siempre algo bueno que decirle a cada persona, a cada uno de los que nos encontrábamos presentes, sin excepción.

Es el final del día, la conferencia terminó y me encuentro en el taxi con Sebastián intercambiando comentarios sobre la liga de campeones. Ya sé el nombre de sus hijos, de su esposa y me ha prometido que si recibe la botella de vino que Brandon ha ofrecido enviarle, me invitará a pasar la tarde en su casa con su familia. Mientras tanto estamos esperando a que Brandon termine de despedirse y de dejar una sonrisa en el rostro de cuanta persona se encuentra por los pasillos. Voy a llevarlo a conocer la ciudad y me siento afortunado de haber sido designado como su guía de turistas. Confieso que estoy un tanto ansioso de que llegue, pues desde este momento y hasta que lo deje en su hotel, tendré la oportunidad perfecta para convivir de cerca con un caballero de los que ya no hay, y con suerte aprender algo de la experiencia.

Aquí viene ya…

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Agradecimiento al vecino

Camino por el pasillo blanco y frío, con sonido a aire acondicionado y olor a combustible. Busco el asiento 19-D. En mi andar me encuentro con bienvenidas, con sonrisas obligadas y con una hilera de personas aguardando a que un pasajero acomode el equipaje en los compartimientos superiores. Por fin, 19-D. Un extraño ocupa el asiento contiguo y me mira con una sonrisa forzada que me apresuro a devolver. Media hora después, recorremos los aires por encima de valles y nubes. Destino final: la cálida ciudad de San Salvador.

Durante el arribo me siento como un extraño, rodeado de un ambiente desconocido, con costumbres que ignoro completamente y mi único punto de contacto con este mundo irreal es un hombre de camisa de mangas cortas y ojos largos, que sostiene en lo alto un letrero con mi nombre.

El trayecto al hotel es más o menos de una hora, durante la cual escucho absorto el acento centro americano del conductor, que me cuenta sobre el clima, sobre los lugares que no debo perderme, sobre las precauciones que cualquier visitante debe tener al recorrer los sitios de interés. Finalmente llegamos a un hotel, cuya fachada no evoca ningún lujo. El trámite de ingreso es extremadamente sencillo, mi habitación confortable pero pequeña, la vista… no hay, solo penumbra en el exterior, son las ocho de la noche.

Mi deseo y curiosidad de interacción con los lugareños es tal, que a pesar del cansancio provocado por el vuelo, decido bajar a cenar al restaurant del hotel. Lo primero que noto, es la calidez y amabilidad de todo el personal. No se siente como una amabilidad forzada por políticas escritas en un manual de atención al cliente. No…, esto es… diferente, es… sincero, agradable en extremo y desconocido, es… San Salvador.

Por la mañana me despierta el sonido de una voz de mujer que vende algún tipo de desayuno que no alcanzo a comprender. Corro las cortinas y por fin puedo ver el lugar en el que me encuentro. Tengo frente a mi un enorme cerro totalmente lleno de vegetación, con nubes que flotan en la parte media de aquella colina, dejando asomar por encima la parte superior. El sonido exterior es de perros ladrando, gallos cantando, voces de personas con acento salvadoreño que caminan por la acera comentando las novedades del día. Abro la ventana y me inunda una sensación de cálida humedad en el rostro. Inicia mi semana.

Toda mi estadía, es acompañada por sonrisas amables de cuanta persona cruza en mi camino, por historias y anécdotas que los lugareños gustosos comparten conmigo. No hay rivalidad. No hay mexicanos, españoles, salvadoreños, hondureños ni guatemaltecos; hay sin embargo, hermandad, humildad, calidez, interés por el prójimo y corazones abiertos.

El tiempo pasa volando, transcurre mi semana de estancia, no soy el mismo que al llegar aquí, mi espíritu se ha transformado. Mi esperanza en la humanidad se ha renovado. Me voy con un sentido de nostalgia pero satisfecho por el aprendizaje, por haber cruzado mi camino con todos esos salvadoreños cálidos y amables que me abrieron las puertas de su ciudad. Recuerdo especialmente a E.G. que se encargó de todos mis traslados y cuyo almuerzo de “pupusas” con café del último día recordaré por siempre.

Nuevamente cargo mis maletas, que son testigos de tan encantadora experiencia. Me acompañan mi pase de abordar, mis recuerdos y una amplia sonrisa. Dejo atrás amigos, cuya imagen llevaré por siempre en mi corazón y quién sabe, tal vez pronto podamos reencontrarnos.

Ahora busco el asiento 26-A, deseoso de regresar a mi patria, pero nostálgico y con un inesperado amor por una maravillosa ciudad: San Salvador

Obra citadina…

La ciudad es el escenario de una obra sin título, que no tiene principio ni fin, únicamente clímax, nadie ha ensayado para tal motivo, nadie entiende todavía el guión, pues aún nadie lo escribe.

Los tramoyistas edifican la escenografía, los actores no tienen tiempo de detenerse a mirar, se encuentran en plena actuación. Algunos otros, espectadores de la vida contemplan la obra sin mucho ánimo para participar de ella. Los roles se intercambian y espectadores pasan a ser actores, mientras que los actores toman asiento y contemplan la escena.

Me encuentro en pleno paseo de la Reforma, sin saber en qué número de acto estoy. Mi butaca es el asiento de mi auto, que con impávida lentitud pretende avanzar entre el eterno desfile multicolor de carrocerías y neumáticos. La amplia avenida, es un interminable exhibidor de automóviles que no pueden avanzar ni retroceder. Es entonces que puedo contemplar la escenografía: cientos de actores y espectadores se encuentran en las amplias aceras. Los primeros, protagonistas de su propia existencia, se hacen cargo de las escenas difíciles, de las románticas, de las apasionadas, de las enérgicas, de las violentas. Los segundos, contemplan con curiosa pasividad lo que ahí sucede, normalmente sentados en butacas o situados en lugares estratégicos para tener una mejor visión. Curiosamente abundan los vendedores de refrigerios que no pueden faltar en ninguna obra decente.

Siento que estoy en otro mundo, tal vez en un sueño, en una de mis fantasías o en la de alguien más. Veo un grupo de niños que corren tras una pelota e intentan pasarla entre dos árboles que uno de ellos custodia con ojo avizor.

Del otro lado, alcanzo a ver a un señor que mira el desfile de autos recargado en su carrito de gelatinas, esperando que algún conductor decida degustar alguna de aquellas temblorosas tentaciones. Junto a él, transita un grupo de señoritas cargando bolsas de papel con logotipos y nombres impronunciables, que sin embargo, he escuchado mencionar miles de veces en todo tipo de medios publicitarios, lo que me hace preguntarme, si aquellas bolsas que contienen diversos artículos costosos en el interior, valdrán lo mismo que el carrito de gelatinas del actor que desfiló previamente en el escenario.

Metros más adelante, dos espectadores se pierden la obra y prefieren envolverse en la calidez de un apasionado beso. Él, sentado en una banca. Ella, sentada en sus piernas. Ante tal demostración de pasional juventud, me es difícil descifrar cuándo ellos se convirtieron en protagonistas y los conductores dentro de nuestros autos en espectadores de aquella escena. Tal vez siempre fueron ellos los actores y nosotros los espectadores, o al revés.

Un niño reclama con potente voz infantil y rostro inundado de lágrimas, cuando ve frustrado su intento de conseguir que su madre le compre un globo. El globero sonríe pero no puedo evitar pensar que seguramente su frustración es más grande que la del niño. La madre, permanece impávida, sigue su andar sin soltar la mano del niño que tira en la dirección opuesta.

Volteo la cabeza hacia la otra acera, un pequeño maltés blanco ladra enfurecido y se yergue en sus patas traseras mientras su dueña sostiene la correa que le ata. Dirijo la mirada hacia donde el pequeño animal está viendo, observo entonces la razón de su furia, dos negros e imponentes perros doberman, con collar de picos metálicos, que sin inmutarse por semejante demostración de antipatía, continúan su camino sujetos de la correa por su amo, que trota para mejorar su condición física. Me pregunto si el maltés tendrá alguna especie de arma secreta, que le haga pensar que podría contra semejantes adversarios, tal vez piense que su dueña lo defendería en caso de ser necesario, o si simplemente confía en la rapidez de sus pequeñas patas.

Al final del lento peregrinar llego a un semáforo. Tengo justo frente a mí al Ángel de la Independencia, orgulloso, sereno, firme. Entran en escena los malabaristas con traje de payaso y trasero descomunal, lanzando múltiples pelotas al aire trepados en los hombros de un compañero de oficio.

Por el otro lado se acerca una hermosa chica con vestido rojo entallado y banda blanca atravesando desde su hombro hasta su cintura. Trae en la mano propaganda y algún artículo de muestra. Se acerca al público espectador que amablemente bajan sus ventanillas para recibir aquel objeto desconocido con una amplia sonrisa, como si hubieran manejado hasta ahí solamente para poseerlo, pues siempre es agradable recibir algo gratis, no importando de lo que se trate. Las ventanillas vuelven a subir ante la proximidad de los malabaristas que han terminado su acto, al cual le robó cámara la escultural promotora y sus preciados obsequios.

La luz es verde ahora, avanzo, e inexplicablemente el corredor está vacío, se terminó el tumulto. Todos pisamos el acelerador, la obra parece haber terminado, o tal vez apenas comienza, sin embargo ahora, todos tenemos prisa por regresar a casa…