• Facebook

  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

Cuento para una amiga…

 

Me pareció conocida, como si no fuese la primera vez que nuestros mundos se intersectaban. Me encontraba a punto de cruzar la calle cuando ella se detuvo junto a mi. Por más que me esforzaba no lograba atinar cómo es que me era tan familiar.

 

Ella tenía colocados los audífonos y tarareaba una canción de moda, sin importarle en lo más mínimo la gente a su alrededor. Miré por encima de su hombro y pude ver una lista ordenada de canciones en la pequeña pantalla de su iPod.

 

De pronto esas canciones me remontaron a viejos recuerdos, tal vez almacenados en alguna parte de mi mente o tal vez fruto de mi más surrealista conciencia. En mi evocación la recordé con aquel vestido rojo que le sentaba tan bien. Hacía tanto tiempo que me costaba trabajo visualizarla. En ese entonces le había pedido su teléfono sin pensarlo dos veces, y tiempo después, tras la duda y la indecisión, habíamos acudido a aquella primera cita en la que descubrimos las cosas que teníamos en común, como que éramos del mismo barrio y que nos gustaban los animales.

 

Recordé aquel rincón en el que solíamos tomar café por las tardes, que fue testigo de nuestros desvelos, nuestras risas y nuestros sueños.

 

Recordé los caramelos multicolor que me había regalado, a cambio de no olvidar su bebida favorita.

 

Recordé la emoción de haber formado aquel dueto de violín y guitarra, con el que juntos recorrimos el mundo, armonizando a la perfección y comunicando en un lenguaje intangible pero claro para nosotros.

 

Recordé cómo se balanceaba en el aire cuando intentaba escalar una escarpada pared de roca, mientras yo le gritaba que bajara de ahí. Siempre le atrajeron las emociones fuertes y eso era lo que más me gustaba de ella, audaz y encantadora.

 

Recordé cuando subió a su auto y arrancó a gran velocidad, entonces entristecí y la eché de menos. No habría más recorrido gitano por el mundo acompañados de violín y guitarra, no la vería más en su vestido rojo ni habría más tardes de café, no más caramelos ni galletas y no más tés chai sin lactosa.

 

Recordé que el corazón existe para que te lo rompan…

 

Cuando más entristecido por su partida me encontraba, un sonido de claxon me hizo mirar la luz que había pasado de rojo a verde, sin embargo, por alguna razón ya no deseaba cruzar la calle. Ella me miró para regalarme la más tierna de las sonrisas. Tal vez era un nuevo personaje que yo había creado en alguna noche de desvelo, o tal vez nos habíamos conocido en alguna vida pasada. No lo sé.

 

– Que buenas canciones tienes en tu iPod – Le dije sonriendo.

 

 

Cómo sobrevivir a un 14 de febrero

Sonó el despertador, y sus sueños se diluyeron como por arte de magia.

 

– ¡Las seis! – Murmuró entre dormida y despierta.

 

Su primer deseo fue el de volver a acurrucarse y retomar el hilo de aquel sueño que si bien no era hermoso, al menos valía la pena conocer el desenlace, después de todo, eso hacía todas las mañanas hasta que su despertador se hartaba de emitir sonidos. Sin embargo, esta mañana era diferente, recordó que tenía una cita con aquel misterioso hombre que había conocido varios meses atrás en un sitio Web de citas, después de innumerables y agradables charlas, por fin habían acordado un encuentro en persona, ella incluso había mentido en su trabajo para asegurarse el día libre.

 

Se incorporó de la cama con mucho más entusiasmo que los otros días. Cuando terminó de bañarse se esmeró particularmente en su arreglo personal. Destapó aquel perfume que comprara en navidad y que había guardado para ocasiones especiales. Arregló su cabello y lo ató con la cinta azul que consideraba de buena suerte. Recordó las palabras que su amiga Verónica le había dicho durante la cena de la noche anterior:

 

– ¿De verdad estás segura de querer conocerlo? Solo tienes su foto, debes tener cuidado y asegúrate  de que la cita sea en un lugar público – Decía.

– ¡Claro que quiero conocerlo!… es muy guapo en su foto y creo que podría ser el amor de mi vida, además va a ser perfecto conocerlo precisamente el 14 de febrero, no hay nada más romántico – Respondió.

– Pues insisto en que tengas cuidado y sobre todo no te enamores de él en la primera cita – Dijo su amiga Verónica.

 

Con estas palabras en la cabeza, se acomodó el abrigo, tomó las llaves de la vieja mesa de roble y salió con rumbo a la cafetería que serviría de escenario para el ansiado encuentro.

 

– “No te enamores de él en la primera cita”, como si no estuviera ya enamorada de él – Se repetía. Nunca se había atrevido a confesar sus sentimientos durante las sesiones de chat que ambos sostenían, y no sabía por qué. Quizá tantos fracasos amorosos en el pasado le llenaban de miedo el corazón. Aún así, estaba dispuesta a correr el riesgo y jamás perdía la esperanza de que esta vez fuera la definitiva, incluso usaba como protector de pantalla la foto que aquel hombre misterioso le enviara, como si fuera su mayor tesoro.

 

Llegó al café media hora antes de la hora acordada.

 

– Bienvenida señorita, ¡feliz 14 de febrero!

– ¡Gracias! Es un lindo día ¿no le parece? – Respondió… – Las cosas siempre suceden por algo – Dijo para si misma.

 

Pidió un expreso y se acomodó en unos de los mullidos sillones, no pudo hacer más que dejar que su imaginación volara, se vio a si misma envuelta en un apasionado idilio de novela, también pudo imaginar su futuro más lejano, en él se veía disfrutando de una hermosa familia, al lado de aquel hombre misterioso que ahora parecía tan cercano.

 

– Me inspira confianza, es educado y amable, además de guapo, es como el hombre que siempre soñé – Pensaba.

 

Había pasado una hora desde que llegó al café y aún estaba sola. – Tal vez mi celular se apagó y no pueda comunicarse conmigo – Pensó. Tan pronto sacó el teléfono de su bolso comprobó que funcionaba perfectamente y no tenía llamadas ni mensajes desde el día anterior. – Seguramente está atorado en el tránsito, no debe tardar en llegar – Dijo para si misma.

 

Tomó una revista y comenzó a leer un artículo que hablaba sobre cómo conseguir enamorar a cualquier hombre, trató de memorizar los consejos, uno de ellos en particular: “Conquístalo con tu sonrisa, regálale la mejor que tengas”. Siempre había sido elogiada por su sonrisa, desde que era una niña, era su arma más poderosa.

 

Había leído una docena de artículos más cuando se percató de la hora – Nadie llega dos horas tarde a menos que no piense llegar – Murmuró para sus adentros. Se sintió triste, enojada, decepcionada, desesperanzada; había mentido en su trabajo para tomarse el día y ahora sentía que había sido en vano, no le importaban las razones por las que su ansiada cita no se había presentado, sabía que era el principio del fin, o el fin de lo que no tuvo principio.

 

Lloró lo más disimuladamente que pudo, no quería llamar la atención de los clientes de la cafetería que parecían envueltos en una nube rosa de 14 de febrero. Se sentía desolada y casi sin pensarlo siguió hojeando la revista.

 

– “Conquístalo con tu sonrisa”… ¡claro, si tuviera a quien conquistar! – Se repetía. Se limpió la última lágrima que estaba dispuesta a derramar por aquel hombre que había perdido la oportunidad de conocerla. En cuanto regresara a casa lo borraría para siempre de su corazón, de sus “cibercontactos” y de su protector de pantalla.

 

Con determinación decidió salir de la cafetería y volver a casa, dejó a un lado la revista y se formó en la fila para pedir un café para llevar. Se percató de que el hombre que se encontraba delante de ella en la fila era muy apuesto, cargaba un portafolio de computadora que se hallaba parcialmente abierto, un sobre asomaba por la ranura a punto de caer, así que ella le tocó el hombro.

 

– Disculpe, su portafolio está abierto y está a punto de perder un sobre” – Dijo ella.

– Ah, muchas gracias, es una fortuna que no se haya caído, es un sobre muy importante – Respondió el hombre.

– No hay de qué – Dijo ella.

– ¿Se encuentra usted bien señorita? Se le ve muy triste y con señales de haber llorado – Dijo aquel hombre.

– Si, estoy bien, es solo que no me gusta el 14 de febrero – Respondió ella.

– Bueno, a mi tampoco, me recuerda que estoy solo pero ¿sabe algo? sólo es una fecha, cualquier día debería ser un buen día – Contestó él.

– Tiene razón, pero a veces las cosas no son como quisiéramos que fueran… ¿qué se hace en estos casos para mejorar el día? – Dijo ella.

– Bueno, las cosas nunca son como quisiéramos, y esos son los retos que tenemos que enfrentar, eso es lo hermoso de la vida – Dijo aquel hombre.

– Nuevamente tiene razón, pero por ahora no se me ocurre como cambiar mi suerte – Respondió ella.

– Pues si no tiene planes para hoy podemos sentarnos a discutir sobre la suerte y la vida, yo pago el café – Dijo él.

 

Ella sintió que el día comenzaba a mejorar, lo miró y le regaló la mejor de sus sonrisas…

El inicio del resto de nuestra vida

Aquella húmeda mañana de verano dentro de una estación del metro, Angelo se frotaba las manos, un poco por nerviosismo, otro poco por la gélida temperatura. Le aguardaba un encuentro plagado de ansiedad, pactado en forma de cita a ciegas. Solamente contaba con una fotografía, algunas llamadas telefónicas y un par de e-mails. Se preguntaba si todo aquello sería suficiente para reconocerla.

– Llevaré una blusa negra y jeans color azul – Había dicho ella en su última conversación.

Angelo jamás había visto tantas personas con blusa negra y jeans azules. Se sentía un poco avergonzado cada vez que le sonreía a alguna mujer que llevaba aquella combinación y que lejos de devolverle la sonrisa, le dirigían una mirada de  temerosa desconfianza.

Cuando Luisa entró, todas las dudas de Angelo se despejaron. Era ella, la reconoció al instante. Se veía igual que en la fotografía, un poco más linda.

Afuera llovía ligeramente. Se encaminaron hacia la cafetería más cercana. Angelo sostenía el paraguas de Luisa, y le tomaba del brazo cada vez que tenían que cruzar una avenida.

Ordenaron hamburguesas, refrescos y papas fritas. Charlaron durante varias horas, se contaron anécdotas y se dirigieron miradas furtivas.

Cuando salieron, había anochecido. Angelo la acompañó hasta la estación del autobús. Luisa dejó pasar varios de ellos sin decidirse a abordar alguno. “Ahora sí me voy en el siguiente”, decía cada vez que un autobús partía sin ella a bordo.

Luisa buscó la mano de Angelo pero no pudo encontrarla debido a que él la tenía dentro del bolsillo del pantalón, sin embargo, aquella acción los había acercado lo suficiente. Se miraron a los ojos, acercaron sus rostros y se fundieron en un beso plagado de esperanza.

Los días siguiente fueron perfectos. Habían creado su mundo y el amor florecía con cada momento compartido. Se habían tomado de la mano para transitar por la vida y acompañar su existencia juntos, codo a codo, sin barreras impenetrables, sin obstáculos insondables, hasta entonces…

Habían cumplido un mes juntos cuando llegó una inesperada noticia. Una noticia que Luisa había estado esperando desde mucho tiempo atrás. Habían aprobado un proyecto que ella inició y que sería vital para su formación profesional. Sin embargo, el proyecto implicaba que Luisa tuviera que partir durante varios meses a una remota región, en medio de la selva y vivir en una comunidad marginada, en la que no había electricidad ni medios de comunicación. Angelo tenía sus propias obligaciones laborales que no podía dejar, por lo que la situación se tornó indescifrable. Su pequeño mundo se movía en direcciones opuestas. Tenían que decidir.

El adiós estuvo cargado de emociones e incertidumbre. Las manos de Luisa y Angelo se sujetaron más fuertemente que nunca e hicieron una promesa. Se encontrarían varios meses después en un punto acordado, en el pueblo más cercano a la comunidad marginada en la que Luisa se hospedaría. Sabían que apostaban en contra de las posibilidades de que aquel reencuentro sucediera en realidad, pues sin comunicación y con tanto tiempo de por medio, cualquier cosa podía suceder.

Al paso de los días, la incomunicación sobrepasaba las esperanzas. Ninguno de los dos tenía alguna señal de que seguían ahí. Angelo leía una y otra vez los e-mails intercambiados con Luisa antes de conocerse. Portaba su fotografía a donde quiera que iba. Pensaba mucho en ella.

Por su parte Luisa escuchaba una y otra vez el CD de música que Angelo seleccionara especialmente para ella y que le había regalado antes de su partida. Contaba tan solo con un reproductor de discos que utilizaba baterías, por lo que aquel acto de recordar a Angelo mediante el CD duraría hasta que la última batería se agotara.

Ninguno olvidó la fecha prometida, y al cabo de muchos meses de recuerdos, añoranza e incertidumbre, Angelo tomaba el autobús rumbo al punto acordado, a dieciséis horas de distancia, sin saber siquiera si ella estaría ahí o si él seguiría en su memoria. No sabía nada de Luisa desde hacía varios meses. Le dolía imaginarse estando en el punto de encuentro acordado y que ella no llegara.

Descendió del autobús. Tomó un taxi hasta donde llegaba el camino y de ahí le pidió a un hombre que conducía una carreta que lo llevara a cambio de algunas monedas.

En el lugar pactado, había mucha gente. Angelo buscó con la mirada pero no vio a Luisa por ningún lado. Recorrió todo, incluso preguntó a cualquiera que quisiera responder, si habían visto a alguien con las características de Luisa. Finalmente al cabo de un rato de agónica incertidumbre, pudo ver a la distancia una figura conocida, en el mismo lugar, en el mismo punto en el tiempo. Ella llevaba una blusa negra y jeans de color azul…

Fragmento de "El beso perfecto"

Ella levantó la vista y nuestros ojos se encontraron. Contemplé largamente su rostro; quería sumergirme en cada milímetro de su piel; deseaba penetrar en lo más profundo de sus pensamientos.

Mientras mis manos apartaron aquellos largos cabellos perfumados, su encantador olor me enloquecía. Me gustaba sentir que aquella esencia era un regalo para mi, y solamente para mi. Me había creado un mundo en el que ella me pertenecía.

 

Nuestros párpados se cerraron. Nuestros rostros se aproximaron y pude por fin sentir el suave roce de sus labios con los míos, que ardían de deseo.

Nuestros inciensos se mezclaron, probé sabores nuevos nunca antes degustados. Nuestros labios encarnaban una lucha a muerte.

La abracé y traté de acercarla a mi cuerpo. Ella rodeó mi cuello con los brazos. Pude sentir sus dedos acariciando mi nuca. Durante aquellos minutos, que parecían no tener fin, nos aislamos del mundo, dejamos de ser dos y nos convertimos en uno.

De pronto, la conocía. Hacía tan solo cinco minutos que éramos un par de desconocidos que jamás habían cruzado palabra alguna. Me preguntaba si ella sentía lo mismo.

Mientras tanto, mis labios continuaban explorando sus comisuras, y mi mente volaba hacia un futuro incierto. ¿Qué pasaría cuando nuestros labios se separaran? ¿Sería el inicio? ¿Sería el fin? Nada me importaba.

Cuando por fin nos apartamos y nuestras miradas se encontraron nuevamente, me invadió un impertinente cosquilleo en el estómago, y pude sentir un leve rubor dibujado en mis mejillas. Ella parecía adivinar mis pensamientos porque en ese momento bajó la mirada y apoyó su cabeza en mi hombro.

Yo no estaba seguro de lo que me esperaba; mis emociones mezcladas no me permitían razonar con cordura. Me sorprendió una sensación cálida y profunda en el corazón por causa de aquella desconocida, sin embargo, no tuve palabras, pero añoraba aquellos labios que hacía un instante eran parte de mi.

 Aquel beso había sido simplemente perfecto…