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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

Sin perdón…

¿Por qué me estás viendo así? No eres más que un insignificante blog. No pasas de ser un conjunto de bits y bytes acomodados elegantemente en una pantalla de quince pulgadas. No eres quien para juzgarme, de hecho ni siquiera calificas como “quien”, solo eres un “qué”.

No me digas que has pasado situaciones como la mía, no te lo creo. Tu nivel de interacción con las personas no llega ni a una milésima parte que el mío. Es más, ese nivel mínimo lo has logrado a través de mí, así que ahora no me juzgues. Los asuntos humanos están fuera de tu comprensión, ¿o qué? ¿Tú si sabrías como despedir a alguien de un trabajo como yo lo he tenido que hacer hoy? ¿Sabrías como mantener alejada la compasión del deber? ¿Sabrías como anteponer tu obligación con la empresa a tus sentimientos humanos? Bueno… ahora que lo pienso, no tienes sentimientos humanos. Pero aún así, no tienes derecho a juzgarme. Hice lo que debí haber hecho: encerrar mi corazón dentro de una muralla de piedra y mostrar insensibilidad a las lágrimas de un desempleado más. Me convertí en verdugo ¿y qué? Sus necesidades económicas no eran mi problema, ni su malestar emocional del momento ¿Por qué debería haber mostrado debilidad? No, repito… No tienes derecho a juzgarme, solo eres un blog, no eres mi conciencia, porque si lo fueras, en este momento no tendría valor para levantar la cara…

 (Espero de corazón que pronto encuentres colocación en algún lugar que encaje contigo… y espero que me perdones por haber sido tu juez y tu verdugo…)

Amor y dinero

– ¡Ya no tenemos agua caliente! – dije exaltado.

– ¡Pues báñate con fría! – replicó ella con tono impaciente.

– ¿Pero que no ibas a comprar esta semana el gas para el calentador? – respondí.

– Como si alcanzara con el dinero que tenemos – me dijo mientras me dirigía una mirada asesina. No insistí.

Hacía apenas una semana que me encontraba leyendo el periódico, sentado en mi sillón favorito de la casa, con vista hacia el jardín. Bastaba con levantar la cabeza para empaparse de aquel panorama en el que predominaba el color verde de las hojas sobre el césped recién cortado. De vez en cuando ella pasaba detrás de mí y mecía mis cabellos con los dedos, solía inclinarse y darme un beso en la mejilla.

– Eres el hombre perfecto – decía.

Lo teníamos todo, habíamos construido una barrera afectiva impenetrable, al menos eso sentía yo.

– ¿No te cansa escuchar ese disco de Roberto Carlos una y otra vez? – solía preguntarle.

– Claro que no – me respondía -, “No te apartes de mi” es mi canción favorita, me recuerda a ti.

Tuve una idea. En la siguiente navidad le regalaría unos boletos para volar a Río de Janeiro y asistir a una presentación del cantante. Guardaría celosamente el secreto y prepararía algo especial para sorprenderla. Quizá una cena en aquel restaurante en el que servían lomo de jabalí en salsa de arándanos y su postre favorito, pastel de vainilla inglesa con láminas de tabaco.

Como aún faltaba tiempo para la celebración navideña, se me ocurrió pasar a la mañana siguiente a comprarle un ramo de rosas rojas, con el tallo largo como le gustaban, pues decía que las de tallo corto solo se podían meter en un florero, sin embargo las de tallo largo se podían plantar en el jardín. Ella tenía un don para cuidar las flores.

Cuando miré el ramo de rosas recién comprado, tuve la sensación de que aquel modesto presente no era suficiente, así que lo acompañé con su perfume favorito: “Pure Elixir Poisson” y una caja de finos chocolates belgas.

– ¿Efectivo o tarjeta? – me preguntó la vendedora.

– Tarjeta por supuesto – respondí, obviando que nadie cargaría en efectivo aquella impresionante cantidad de dinero impresa en el ticket de compra. ¡Ella lo valía!

Al regresar a casa después de una extenuante jornada laboral, apenas abrí la puerta, ella bajó corriendo la escalera para recibirme. Cuando me vio con el ramo de rosas en la mano, acompañado del costoso perfume y aquellas delicias belgas, se apresuró hacia mis brazos y me cubrió de besos. ¡El plan había salido perfecto!

Hacía una semana, todos los planes salían perfectos.

Apenas ayer recibí la noticia. Habría recorte de personal en la oficina, todo aquel que tuviera menos de cinco años trabajando para aquella corporación sería susceptible de “entregar la credencial de acceso”. Mi tiempo de trabajo acumulado desde que firmé contrato no excedía los cuatro años y ocho meses. Tras un día de agónica incertidumbre, mi jefe me llamó a su oficina. Una hora más tarde, mis temores se habían confirmado, formaba parte de los afectados por el recorte.

Cuando llegué a casa, no llevaba mi habitual expresión alegre de todos los días, esta vez era diferente. Ella bajó la escalera para recibirme como siempre. En cuanto me vio supo que algo pasaba. Le conté lo acontecido en aquella oficina a la cual ya no podría volver al día siguiente. Le conté de mis frustrados planes para asistir con ella a la presentación de Roberto Carlos en Río de Janeiro para la navidad siguiente. Le conté lo que había gastado en aquel ramo de rosas de tallo largo, acompañado de chocolates belgas y su perfume favorito. Todo aquello había sido pagado con el crédito que yo creía inagotable y que ahora no podría cubrir, al menos hasta encontrar un nuevo empleo igual de bien pagado.

Cuando levanté la vista, ella me miraba con expresión seria. No dijo palabra alguna. Se levantó y fue hacia su habitación.

Los días siguientes fueron como estar viviendo la vida de alguien más. No parecía mi realidad. Ella casi no me dirigía la palabra y cuando lo hacía era para reprocharme por alguna compra que ya no podría hacer debido a mi despido.

El frío de la ducha me hizo olvidar aquellos recientes recuerdos y emitir un gemido involuntario por la desagradable sensación del chorro de agua sobre mi espalda.

– Tengo una oferta de empleo – le dije, tratando de disimular el temblor de voz provocado por la gélida temperatura del agua.

Ella entró al baño y corrió la cortina tras la cual yo intentaba enjabonarme.

– ¿En serio? ¿En dónde? – preguntó.

– Es una empresa de reciclado de residuos, no es tan bueno el pago, de hecho es mucho menor que el anterior, pero es algo temporal – respondí.

Nuevamente cambió su expresión, desapareció la sonrisa de entusiasmo que durante breves instantes me había obsequiado y apareció una mirada dura. Cerró la cortina del baño y salió sin decir palabra alguna…

Miradas furtivas

La miro sin que se de cuenta, es hermosa, me atrae demasiado y difícilmente puedo contener el arrebato que me dicta  tomarla ahí mismo y absorber toda su esencia de un solo golpe. Me fascina su olor, es como un irresistible perfume que me subyuga. Ella parece adivinarlo y me envía inequívocas señales de provocación. No puedo evitarlo, la tomo entre mis manos y la acerco hacia mi. Puedo sentir su calor. Cierro los ojos, la rozo con mis mejillas y con la punta de la nariz, con el único propósito de perderme en su encanto y disfrutar de su presencia. Me cuesta creer que es mía y solamente mía. Finalmente, la tentación es demasiada, me entrego completamente a ella, le acerco lentamente los labios y por fin bebo de ella… mi deliciosa taza de café.

Millas frecuentes

Ahogado en mi inconsciente vago por un largo corredor, sin tiempo ni espacio, recorro mi propio universo, determinado a concluir una larga jornada cargada de desvelos, latidos arrítmicos y cafeína.

 Camino de la mano de tres pálidas horas amenazantes, que se han empeñado en drenar parte de mi juventud, sin posibilidad de ser reciclada, por más que busco en los desperdicios orgánicos, pareciera haber desaparecido; me pregunto si quizá debería escudriñar en los contenedores inorgánicos o dentro de los ductos de ventilación.

Mi agobiada determinación me ordena postrarme en el primer asiento libre de aquel mundo, que parece que se convertirá en mi hogar durante los siguientes ciento ochenta minutos. Sentado ahí, mi mente viaja antes que mi cuerpo, en un intento de clarificar las incertidumbres que acompañarán mi futura jornada. En ese mundo ideal no existen las turbulencias, ni los “check-in”, ni las valijas extraviadas, o los detectores de hebillas de cinturón. Existen sin embargo, las travesías perfectas, las compañías agradables, la altitud ideal, la presurización infalible.

Mi estado de conciencia detiene cualquier divagación, ahora comienza a recobra el control. Sorpresivamente sigo vivo, nuevamente sin tiempo ni espacio, o quizá con demasiado de ambos. Mi única compañía es este vaso de agua, que me mira, que me cuestiona si estar lejos de casa es la historia de algún personaje que sin darme cuenta he creado. La duda me derrota, a un grado tal que tengo que verificar si la persona que se encuentra ahí soy yo o es alguien más. Consulto aquel pedazo de papel envuelto en una verdosa cobertura acartonada, que se ha vuelto más creíble para mí que mi propia conciencia existencial. Al parecer puedo respirar tranquilo, aún soy yo, tengo nombre y nación, al menos eso dice, tengo que confiar.

Filosofía petrolera

El señor P era de complexión robusta, de mediana edad pero tenía el cabello cano, lo que dificultaba calcular su edad. Vestía traje todos los días y tenía problemas intentando abrochar el botón del saco debido a su barriga. Parecía que nunca podía parar, pues su carácter controlador y metódico le hacía tomar varias actividades a la vez, involucrarse en todo, dirigir a las personas e intervenir en conversaciones a las que normalmente no era invitado. Aquellas características, cultivadas desde los años de su juventud, le habían llevado a crear un verdadero imperio en la industria petrolera. Su negocio, una empresa familiar dirigida por él y sus dos hijos, se había convertido al paso de los años en la más importante del país.

Aquella tarde, se había convocado a un evento masivo en un salón de un elegante hotel. La prensa se hallaba presente para documentar cualquier novedad que valiera su peso en oro. El señor P, se encontraba presente, pues nunca se perdía una invitación a un evento como ese. Le gustaban los reflectores pero cuidaba sus palabras, sobre todo cuando los cuestionamientos de la prensa ponían en riesgo su reputación o percibía una doble intención.

El señor P escuchaba atentamente la participación del ingeniero R, que hablaba con la soltura que le daba la experiencia. Se trataba de un potentado hombre de negocios, unos diez años más joven, con ideas novedosas, que al igual que el señor P había logrado una considerable fortuna y una poderosa influencia en el sector. Ambos habían sostenido una lucha de proporciones épicas durante mucho tiempo para ganar el mercado petrolero y año tras año, el señor P resultaba vencedor debido a su experiencia y sus habilidades como estratega.

– ¡La industria petrolera se verá beneficiada a nivel global mediante la adopción de un nuevo modelo de negocio en el que nosotros somos pioneros! – Casi gritaba el ingeniero R con actitud ufana frente a la multitud de asistentes que asentían con la cabeza.

El señor P escuchaba sin prestar demasiada atención, casi mirando la punta de sus propios zapatos, pues solía dudar de cualquiera que pareciera saber más del negocio petrolero que él, sobre todo cuando se trataba de su mayor competidor el ingeniero R, y a decir verdad, estaba un poco harto de tocar siempre los mismos temas en esos eventos. Los últimos veinte años de su vida había estado en todos y cada uno de los foros masivos que se llevaban a cabo por lo menos tres veces al año, siempre con los mismos temas y siempre bajo el escrutinio público. Sabía que terminada su participación sería asediado por los periodistas presentes, pues siempre le tocaba el último turno para subir al podio y cada año opacaba en sus presentaciones a las del ingeniero R.

Sin embargo, aquel año sería diferente. Cuando por fin le tocó hacer su presentación, el señor P se tomó las cosas con tranquilidad. Los presentes esperaban ansiosos las primeras palabras del hombre que año con año demostraba ser la mayor influencia en el medio petrolero. Una palabra suya bastaba para cambiar todo el sentido de la industria para el próximo año. El señor P se acomodó el poco cabello que rodeaba su cabeza como una corona, tomó el vaso con agua que le habían acercado los organizadores del foro, bebió todo el contenido del vaso sin ninguna prisa, lo colocó de nuevo en su lugar, se acomodó la corbata sosteniendo el nudo con ambas manos y girando la cabeza de un lado a otro. Tomó el micrófono y lo elevó hasta una altura adecuada para su estatura, miró en silencio a los cientos de cabezas que aguardaban expectantes e impacientes, y finalmente pareció listo para comenzar a hablar.

– Ya lo ha dicho todo el ingeniero R – fueron sus únicas palabras.

En seguida bajó del podio ante la mirada atónita de los asistentes, que murmuraban entre sí, creando un efecto sonoro masivo, que poco a poco crecía en intensidad. Por supuesto la mirada más estupefacta de todas era la del ingeniero R que no alcanzaba a comprender si aquello era una estrategia inesperada de su rival para derrotarle nuevamente. El resto de los ponentes miraban la escena con la boca totalmente abierta.

Los reporteros saltaron en seguida de sus asientos lanzando al aire cientos de preguntas simultáneas para el señor P, que nuevamente ocupaba su silla detrás de la barrera protectora que mantenía a los expositores fuera del alcance de los ávidos periodistas, mientras uno de los organizadores gritaba a todo pulmón encima de aquel tumulto humano, tratando de calmar los exaltados ánimos. El señor P miraba sin inquietarse en absoluto.

– ¡Calma señores, uno de ustedes, seleccionado por el señor P, tendrá derecho a hacerle una pregunta y sólo una! – condicionó uno de los organizadores a los reporteros que seguían peleándose el derecho de una entrevista.

El señor P escogió al reportero que representaba al medio más importante del país, pues aunque su hartazgo acumulado por los años era grande, no podía romper con el hábito de ejercer su acostumbrado protagonismo, sin embargo sabía que únicamente se transmitía al aire una entrevista de todas las que se hacían durante un evento de esa magnitud y a diferencia de otros años, no deseaba que fuera seleccionada la suya, incluso estaba seguro que este año se transmitiría la del ingeniero R y él mismo contribuiría para que esto ocurriera y ganarse por primera vez el derecho de desaparecer de la escena pública para tomarse un descanso.

– Señor P, ¿qué es en este momento lo usted valora más? – preguntó el reportero, tratando de inducir una respuesta que revolucionara la industria petrolera y le otorgara una exclusiva de grandes dimensiones. El ingeniero R era el más expectante y todos sus sentidos se encontraban en alerta para estudiar la respuesta que daría su contrincante de negocios.

– Mi tranquilidad – respondió el señor P.

– Pero, ¿eso qué tiene que ver con el negocio petrolero? – casi gritó el reportero ante las exaltadas protestas del resto de los entrevistadores, cuya oportunidad de preguntar había sido frustrada y que no estaban dispuestos a permitir una segunda pregunta del afortunado que había sido escogido por el señor P.

– No tiene nada que ver con el negocio petrolero, pero usted me ha preguntado que valoro más y eso es mi tranquilidad – respondió el señor P -, así que si lo desea podemos hablar de eso o me veré obligado a pedirle que no me pregunte más – concluyó.

– Está bien señor P, hablemos sobre la tranquilidad – dijo el reportero.

Casi diez minutos después el señor P había hecho toda una disertación sobre la tranquilidad y sobre como su carrera de prominente ingeniero y empresario le había creado un estilo de vida completamente carente de momentos de reposo. Habló de Freud, habló de Platón, habló de Sócrates, habló de Mandela, habló de Dios, habló de Buda, habló de John Lennon, habló de Charles Dickens, y sobre todo habló de lo mucho que lamentaba no haber destinado más tiempo a sus seres queridos y a su persona. Habló de todo menos de petróleo. 

El evento de aquel año concluyó con las entrevistas al resto de los participantes, incluido el ingeniero R que no desperdició la oportunidad y contestó a todas las preguntas de los reporteros. ¡Le habían dejado el camino libre para colocarse como protagonista de la industria por primera vez en muchos años!

Una semana después, el señor P se encontraba en la casa de campo que había adquirido algún tiempo atrás. Aprovechaba que este año no sería el hombre del momento en la industria petrolera ni en los medios y era la oportunidad perfecta para tomarse un merecido descanso. Se hallaba en la sala con su familia mirando el noticiero cuando se anunció el reportaje estelar de la sección de negocios, cuyo tema era el evento petrolero de la semana anterior. Se promovía con grandes pompas que después del corte publicitario se transmitiría la entrevista a uno de los líderes más influyentes de la industria del petróleo, que había sido seleccionada de entre el resto de las entrevistas.

El señor P se dispuso a escuchar las palabras del ingeniero R, con la misma actitud de desparpajo que adoptaba siempre que tenía que oírle, pues estaba seguro que habrían escogido a su más cercano competidor debido a que él mismo había salido de la contienda al rehusarse a tocar temas empresariales. 

Para su sorpresa, una vez concluida la sección publicitaria, el mismo reportero que lo había entrevistado apareció en pantalla. Anunciaba la entrevista exclusiva que se transmitiría a nivel nacional sin cortes ni ediciones, cuyo título era: “Los ingenieros petroleros también filosofan”. Una vez más, el señor P había influido de manera significativa en el rumbo de la industria petrolera con aquella aparición en televisión, y los reflectores estaban puestos en él más que nunca.

A partir de aquel año, las preguntas de los reporteros incluían cuestionamientos de carácter filosófico.

“Las personas no buscan protagonismo, el protagonismo es el que busca a las personas”.

 

La coincidencia

(Basado en una historia real)

Aquel lugar era una vieja casona, de estilo rústico y olores cálidos, que había sido remodelada para construir habitaciones que en la época de vacaciones eran ocupadas por montones de alegres turistas. El corredor principal llevaba a un amplio jardín, repleto de limoneros, naranjos, colorines, rosales y  palmeras altas e imponentes que eran sacudidas por las ráfagas del viento otoñal, que comenzaba a permear en la región.

Don Silvestre Mejía trabajaba en aquella posada desde que aún era habitada por la dueña hacía quince años, pero ahora había sido adaptada como un lucrativo albergue turístico. Se trataba de un hombre maduro, de cabello cano, estatura mediana y complexión delgada. Aquella mañana silbaba alegremente una tonada local, mientras recogía los vasos de cristal que se encontraban en las mesas de hierro forjado con cubierta de cristal de la terraza, que apenas unos minutos atrás eran ocupadas por algún comensal. Le gustaba sonreír cuando cruzaba la mirada con los huéspedes y su atención hacia ellos era sumamente amable. Muy frecuentemente se detenía a conversar con quien fuera que respondiera a su sonrisa. Hablaba del clima; de las últimas noticias de nota roja; del huracán, que acababa de asolar la región una semana atrás; de la receta del día, que la esmerada cocinera reservaba celosamente como sorpresa  hasta la hora del almuerzo; de las zonas de la ciudad a las que se podía ir sin mayor problema y de aquellas que eran consideradas de peligro. Cualquier tema era ideal para socializar. Como cuando tres días atrás su mujer le pidiera pasar a comprar los materiales que su hija de cuatro años necesitaba para la escuela y que él olvidara por completo, teniendo que llevar consigo a la niña al trabajo, para dejarla encargada con Julián, el hombre de la recepción, mientras él iba de carrera a comprar los materiales, y más tarde a dejar a la niña a la escuela. Todo esto sin que su jefe o su mujer se dieran cuenta de semejante descuido.

Aquel día, Don Silvestre se iba a llevar la sorpresa de su vida, cuando se encontraba recogiendo los trastos sucios de las mesas. Un objeto de brillante color rojo que ondeaba en la copa de un árbol del jardín llamó su atención. Se trataba de un globo de helio con alguna especie de carta pendiendo del hilo que sujetaba la boquilla y que se había enredado en las ramas. Buscó la vieja escalera de aluminio, que utilizaba para podar los arbustos; Subió hasta el brillante objeto y lo descolgó. La hoja de papel que pendía del hilo era un sobre cerrado, con algo escrito en él, que Don Silvestre no podía distinguir debido a que no llevaba puestas sus gafas. Entró a la cocina a buscarlas, se colocó bajo la luz de una lámpara y leyó aquellas palabras escritas en el sobre, que provocaron que su corazón diera un vuelco.

“Dirigido a: Silvestre Mejía”

– ¡Yo soy Silvestre Mejía! ¿Cómo pudo llegar esto aquí? ¿Quién me lo mandaría y de esta forma tan extraña? – Se preguntó.

 Presuroso abrió el sobre y comenzó a leer:

 

   ”Me siento muy orgulloso de todo lo que he logrado durante estos años que he tenido la oportunidad de recibir una educación a pesar de que mi familia no es de ingresos altos y agradezco a Dios, que seguramente recibirá esta carta en el cielo, por todo lo que me ha dado. Atentamente: Andrés Alberto Ruvalcaba, 7 años”.

Don Silvestre quedó sumamente intrigado por el contenido de aquella misiva, pues no entendía la razón del contenido y mucho menos por qué iba dirigida a él. Repetía mentalmente aquellas palabras escritas sin comprender.

– ¿Un niño de siete años? ¿Por qué me escribió? ¿Y con una carta en un globo? – Repetía mentalmente sin entender.

Cuando abrió nuevamente el sobre para meter la carta, se percató de que había una pequeña tarjeta en el interior que no había visto al principio.  La sacó y leyó lo que tenía escrito:

“Escuela Silvestre Mejía, forjando a los niños del futuro”.

Después de unos instantes de sorpresa e incredulidad, tomó el directorio telefónico y buscó en la sección de escuelas. Ahí estaba, se trataba del mismo anuncio publicitario que acababa de leer en la pequeña tarjeta. “Escuela Silvestre Mejía, forjando a los niños del futuro”. Don Silvestre no podía dar crédito a lo que acababa de leer, tuvo que leerlo y releerlo varias veces más. La escuela llevaba su nombre. De inmediato tomó el teléfono y llamó al número que aparecía en el directorio para asegurarse que era real.

 – ¿Quién llama? – Dijo una voz de mujer del otro lado del teléfono.

 – Soy Silvestre Mejía.

 – No tengo tiempo para bromas – Respondió la voz  de la mujer con tono de enfado y acto seguido colgó.

Desde entonces, Don Silvestre tuvo una anécdota más que contarle a los huéspedes de aquella posada de estilo rústico y olores cálidos.