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    Ma Fleur

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Carta a mi padre

Hola papá.

Sé que es improbable que estas palabras lleguen a ti, en verdad me gustaría creer que me observas desde alguna parte, pero mi escepticismo lo hace difícil. Sin embargo, he querido destinarte este texto porque en lo más hondo de mi alma sigues con vida. A ese ser invisible, alojado en algún rincón de mi ser, es a quien dirijo estas líneas, mientras en mi mente sigo contemplando y añorando tu imagen de carne y hueso.

¿Recuerdas ese poema que te gustaba tanto? “En vida hermano en vida“. ¿Cuántas veces me dijiste que los sentimientos deben ser dirigidos a los seres especiales mientras se encuentran en este mundo? Yo entonces lo entendía, pero la idea comenzó realmente a cobrar sentido desde que te fuiste. Quisiera haberte dicho tantas cosas que ya no me es posible, ojalá te hubiera abrazado más veces, o te hubiera dicho aunque sea una vez que te amaba.  Ya ni siquiera importa si alguna vez te lo dije, ahora que no estás aquí quisiera decírtelas por primera vez o de nuevo.

Tengo tantos recuerdos de tí, que no me alcanzaría el resto de la vida para evocarlos. Recuerdo cuando era pequeño y me hacías pelotas de béisbol compactando bolsas de hule y reforzándolas con cinta adhesiva, eran las mejores pelotas de béisbol del mundo. Me enseñaste a batear y a lanzar. Me enseñaste a patear un balón e incrustarlo entre tres postes. ¿Recuerdas cuando le tirábamos a aquellas latas de aluminio con una resortera? ¡Era el juego más divertido que pudiera haber existido! O cuando construiste aquel puente colgante en miniatura, para que pudiera recrear escenarios de aventuras durante mis juegos infantiles, ¿y cuántos juguetes rotos reparaste con todo tu amor e ilusión para que tu hijo disfrutara de más horas de juego? No llevé la cuenta.

Me convenciste de aprender a andar en bicicleta y solías correr detrás de mi para sujetarme en caso de que perdiera el equilibrio. Aquella vez que me caí tenías tanto remordimiento por creer que había sido un descuido tuyo. Quiero decirte que no fue tu culpa, yo aceleré de más. Sé que siempre te costó trabajo dejarme caer, incluso en las circunstancias difíciles de la vida. No tienes de que preocuparte, aprendí a levantarme.

Siempre sentí que era tu orgullo. Recuerdo cuando me llevaste a tu trabajo. ¡Con qué orgullo me presentabas ante el resto de la gente! Incluso guardo en mi memoria aquel día en el que te ufanabas de tener un hijo de cuatro años que sabía leer y escribir. Tu rostro resplandecía de orgullo cuando pronuncié aquellas palabras impresas en un calendario de pared: “Mecánica automotriz” a la edad de cuatro años frente a algunos parientes lejanos que no podían creerlo.

Y cuando me enseñaste los primeros acordes de guitarra, y a oler los aromas del campo; a ver los amaneceres sentados en una piedra; a encontrar figuras en las nubes tumbados en el césped; a mirar cómo la lluvia se iba acercando poco a poco desde la lejanía, hasta que nos hacía correr para no empaparnos; a contemplar con fascinación los movimientos y actitudes de los perros, las vacas, los caballos y las aves; o cuando cortábamos aquellos tréboles con sabor a limón.

Papá, te extraño mucho. Quisiera devolverte todo lo que alguna vez me diste, lo valoro mucho. Quisiera abrazarte y decirte que todo está bien, que yo puedo hacerme cargo, que no tienes nada que temer porque tu hijo está aquí, más fuerte que nunca y eso es gracias a ti. Quisiera decirte tantas cosas, quisiera agradecerte, quisiera que supieras lo orgulloso que estoy de haber tenido el mejor padre que la vida pudo darme, quisiera abrazarte una vez más…

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