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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

Liliputense

De niño solía recostarme sobre el pasto boca arriba, en el jardín de la casa de mis padres, entre alcatraces, magnolias, rosales, geranios y aralias. Pretendía entonces ser de tamaño diminuto, casi un insecto o un pequeño roedor. Pasaba horas contemplando las nubes en esta posición y dejaba volar mi imaginación sobre cómo sería la vida si midiera tan solo unos centímetros. ¿Cómo iba a emprender una caminata tan larga como para llegar desde ese punto hasta la cocina a la hora de la cena? Y una vez lograda aquella proeza, ¿cómo iba a escalar por la pata de la mesa para alcanzar la superficie y poder degustar algún manjar preparado por mi madre?

También imaginaba cómo tendría que defenderme de cuanta criatura se atravesara en mi camino. Podría pasarme cualquier cosa: un mosco zumbador del tamaño de un perro, una colosal gallina buscando gusanos para sus polluelos, o hasta una torrencial lluvia que me hiciera correr buscando una piedra bajo la cual guarecerme.

Finalmente, al cabo de algunas horas, mi mente regresaba a la realidad. Entonces me incorporaba, miraba a mi alrededor y todo parecía de tamaño normal. Era un alivio descubrir que había sobrevivido a mi disparatada imaginación y que tan solo me llevaría algunos pasos llegar hasta la cocina, sentarme cómodamente a la mesa y disfrutar una deliciosa cena.

Hace mucho que no dejo volar mi imaginación de esa manera, pero creo que la vida sería más llevadera si de vez en cuando buscara algún reconfortante prado repleto de matorrales y me tumbara entre aquella boscosa espesura. Entonces dejaría que mi mente fuera a donde quisiera ir y nuevamente saldría avante al enfrentar a aquellas gigantescas criaturas que habitan en los jardines…

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Sobre la violencia

“La violencia destruye toda aspiración a la prudencia y a la conciencia, el buen juicio construye la dignidad del hombre”

Texto de mi autoría creado para el certamen de la primera edición de una revista que busca fusionar el diseño con la lectura y la escritura.

Hoy mi madre cumple años de vida y un año sin mi padre

  Hoy, como cada siete de mayo, desde hace sesenta y tres años, mi madre celebra doce meses más de vida . 

 Como para muchas cuestiones, tengo ideas preconcebidas de las cosas. Una de ellas es que siempre imaginé a una persona de sesenta y tres años como alguien muy mayor, con el pelo encanecido, la columna encorvada y lento andar, sin embargo, no mi madre. Ella vino a romper el estereotipo auto creado que mi mente ya concebía hace mucho tiempo atrás.

Mi visión ha cambiado. La percepción que tengo de las personas de sesenta y tres años ha sido totalmente transformada por mis padres. Mi progenitor, por ejemplo, murió a esa misma edad hace ya casi un año y la gente no deja de repetirme que se fue demasiado jóven, que su vitalidad e imagen correspondían a un hombre de acero que no se dejaba doblegar por el tiempo. Mi madre, ahora cerca de alcanzarlo en edad, es otro ejemplo de fortaleza que me provoca olvidar su edad y pensar que anda rondando los cincuenta y tantos. Inclusive, llego a olvidar la edad de ambos y únicamente recupero la conciencia de su paso por la vida cuando realizo la operación matemática basada en sus años de nacimiento, pero en mi mente ambos tienen cincuenta y tantos.

Este es un año particularmente difícil para mi madre. El primero que celebra sin su hombre al lado. No le faltan amistades, ni llamadas telefónicas acompañadas de buenos deseos. Le falta la mitad de su corazón, su compañero, su eterno apoyo, no obstante, su carácter le prohíbe dar muestras de debilidad. No se puede permitir dejar de sonreír ni de socializar. Su exterior proyecta fortaleza, ánimo, esperanza; aunque su alma se encuentre rota en mil pedazos.

Mamá, te deseo un feliz cumpleaños, y que el dolor que llevas en el corazón desde el año pasado aminore con el tiempo, que tu fortaleza siga intacta, como el glaciar que no se doblega ante la ventisca gélida, que el amor que todas las personas que te conocemos sentimos hacia ti te haga superar la gran pérdida que has tenido. Yo, tu hijo, estoy aquí para mostrarte que la vida continúa, y que la dolorosa ausencia de mi padre no significa que nosotros debamos dejar de vivir…

Fragmento de "Cuando las mariposas lleguen"

– ¡Constanza, ven pronto, encontré algo aquí! – Gritó María con voz exaltada.

Constanza Rabal corrió al lugar de donde provenía la voz de su madre, tuvo que meterse entre los huisaches y los zarcillos enzarzados en estacas de madera colocadas para resguardar la hortaliza del apetito de los cerdos. Encontró a su madre arrodillada, sosteniendo en las manos un reluciente frasco de vidrio que alguna vez contuvo granos de café, pero que ahora estaba lleno de monedas destellantes. “¿Qué es eso? – Preguntó Constanza – ¿fue lo que escuchamos?”.

– No lo sé, estaba aquí a medio enterrar. Además acabo de escuchar un ruido como de voces, ahí atrás de la nopalera. ¡Creo que hay alguien! – dijo María, señalando hacia la oscuridad.

Constanza Rabal tomó la vela y sigilosamente se acercó al punto que señalaba su madre, avanzando lentamente, flanqueada por un pasillo de magueyes y nopales. Trataba de escudriñar las tinieblas con la vista. Se detuvo y contuvo el aliento cuando escuchó un ruido de pisadas que venían hacia ella. No pudo evitar estremecerse debido a las múltiples leyendas que circulaban por la región sobre sucesos espeluznantes a pesar de que ella era escéptica. Transcurrieron algunos segundos que le parecieron horas y finalmente apareció frente a ella una figura vestida con ropa de dormir, el mismo tipo de camisón que ella vestía, pero para una complexión de menor talla. Aquella figura llevaba los zapatos cortados de la punta, debido a que eran de tamaño más pequeño que los pies que los calzaban, tenía medias blancas y portaba largas trenzas negras.

– ¿Lucía? – preguntó Constanza con voz débil, casi susurrando.

– Sí, soy yo, ¿qué haces despierta? – respondió Lucía, su hermana.

– ¡Que susto me has dado! ¿Por qué no estás en tu cama? …

Carta a mi padre

Hola papá.

Sé que es improbable que estas palabras lleguen a ti, en verdad me gustaría creer que me observas desde alguna parte, pero mi escepticismo lo hace difícil. Sin embargo, he querido destinarte este texto porque en lo más hondo de mi alma sigues con vida. A ese ser invisible, alojado en algún rincón de mi ser, es a quien dirijo estas líneas, mientras en mi mente sigo contemplando y añorando tu imagen de carne y hueso.

¿Recuerdas ese poema que te gustaba tanto? “En vida hermano en vida“. ¿Cuántas veces me dijiste que los sentimientos deben ser dirigidos a los seres especiales mientras se encuentran en este mundo? Yo entonces lo entendía, pero la idea comenzó realmente a cobrar sentido desde que te fuiste. Quisiera haberte dicho tantas cosas que ya no me es posible, ojalá te hubiera abrazado más veces, o te hubiera dicho aunque sea una vez que te amaba.  Ya ni siquiera importa si alguna vez te lo dije, ahora que no estás aquí quisiera decírtelas por primera vez o de nuevo.

Tengo tantos recuerdos de tí, que no me alcanzaría el resto de la vida para evocarlos. Recuerdo cuando era pequeño y me hacías pelotas de béisbol compactando bolsas de hule y reforzándolas con cinta adhesiva, eran las mejores pelotas de béisbol del mundo. Me enseñaste a batear y a lanzar. Me enseñaste a patear un balón e incrustarlo entre tres postes. ¿Recuerdas cuando le tirábamos a aquellas latas de aluminio con una resortera? ¡Era el juego más divertido que pudiera haber existido! O cuando construiste aquel puente colgante en miniatura, para que pudiera recrear escenarios de aventuras durante mis juegos infantiles, ¿y cuántos juguetes rotos reparaste con todo tu amor e ilusión para que tu hijo disfrutara de más horas de juego? No llevé la cuenta.

Me convenciste de aprender a andar en bicicleta y solías correr detrás de mi para sujetarme en caso de que perdiera el equilibrio. Aquella vez que me caí tenías tanto remordimiento por creer que había sido un descuido tuyo. Quiero decirte que no fue tu culpa, yo aceleré de más. Sé que siempre te costó trabajo dejarme caer, incluso en las circunstancias difíciles de la vida. No tienes de que preocuparte, aprendí a levantarme.

Siempre sentí que era tu orgullo. Recuerdo cuando me llevaste a tu trabajo. ¡Con qué orgullo me presentabas ante el resto de la gente! Incluso guardo en mi memoria aquel día en el que te ufanabas de tener un hijo de cuatro años que sabía leer y escribir. Tu rostro resplandecía de orgullo cuando pronuncié aquellas palabras impresas en un calendario de pared: “Mecánica automotriz” a la edad de cuatro años frente a algunos parientes lejanos que no podían creerlo.

Y cuando me enseñaste los primeros acordes de guitarra, y a oler los aromas del campo; a ver los amaneceres sentados en una piedra; a encontrar figuras en las nubes tumbados en el césped; a mirar cómo la lluvia se iba acercando poco a poco desde la lejanía, hasta que nos hacía correr para no empaparnos; a contemplar con fascinación los movimientos y actitudes de los perros, las vacas, los caballos y las aves; o cuando cortábamos aquellos tréboles con sabor a limón.

Papá, te extraño mucho. Quisiera devolverte todo lo que alguna vez me diste, lo valoro mucho. Quisiera abrazarte y decirte que todo está bien, que yo puedo hacerme cargo, que no tienes nada que temer porque tu hijo está aquí, más fuerte que nunca y eso es gracias a ti. Quisiera decirte tantas cosas, quisiera agradecerte, quisiera que supieras lo orgulloso que estoy de haber tenido el mejor padre que la vida pudo darme, quisiera abrazarte una vez más…

Fragmento de "El beso perfecto"

Ella levantó la vista y nuestros ojos se encontraron. Contemplé largamente su rostro; quería sumergirme en cada milímetro de su piel; deseaba penetrar en lo más profundo de sus pensamientos.

Mientras mis manos apartaron aquellos largos cabellos perfumados, su encantador olor me enloquecía. Me gustaba sentir que aquella esencia era un regalo para mi, y solamente para mi. Me había creado un mundo en el que ella me pertenecía.

 

Nuestros párpados se cerraron. Nuestros rostros se aproximaron y pude por fin sentir el suave roce de sus labios con los míos, que ardían de deseo.

Nuestros inciensos se mezclaron, probé sabores nuevos nunca antes degustados. Nuestros labios encarnaban una lucha a muerte.

La abracé y traté de acercarla a mi cuerpo. Ella rodeó mi cuello con los brazos. Pude sentir sus dedos acariciando mi nuca. Durante aquellos minutos, que parecían no tener fin, nos aislamos del mundo, dejamos de ser dos y nos convertimos en uno.

De pronto, la conocía. Hacía tan solo cinco minutos que éramos un par de desconocidos que jamás habían cruzado palabra alguna. Me preguntaba si ella sentía lo mismo.

Mientras tanto, mis labios continuaban explorando sus comisuras, y mi mente volaba hacia un futuro incierto. ¿Qué pasaría cuando nuestros labios se separaran? ¿Sería el inicio? ¿Sería el fin? Nada me importaba.

Cuando por fin nos apartamos y nuestras miradas se encontraron nuevamente, me invadió un impertinente cosquilleo en el estómago, y pude sentir un leve rubor dibujado en mis mejillas. Ella parecía adivinar mis pensamientos porque en ese momento bajó la mirada y apoyó su cabeza en mi hombro.

Yo no estaba seguro de lo que me esperaba; mis emociones mezcladas no me permitían razonar con cordura. Me sorprendió una sensación cálida y profunda en el corazón por causa de aquella desconocida, sin embargo, no tuve palabras, pero añoraba aquellos labios que hacía un instante eran parte de mi.

 Aquel beso había sido simplemente perfecto…

El arte de la escritura

Escribir siempre ha sido mi pasión, así como la música. Ambas actividades son el alimento para mi alma, las chispas de chocolate de mi trozo de pastel llamado vida.  Entre mis actividades diarias procuro reservar tiempo para darme el gusto de escribir, algunas veces bocetos, otras veces textos completos, algunas más ejercicios que me permitan explorar técnicas narrativas diversas.

 Por amor a la escritura estoy dispuesto a limpiar el honor de mi pluma, dañado tan solo por mi falta de dedicación a escribir, por postergar la conclusión de textos incompletos y por mi impaciencia saboteadora. 

 Para todos aquellos que compartimos el gusto por la escritura, hay una historia detrás de cada camino, plagada de letras, a veces ordenadas y otras tantas no. La constante es siempre la falta de foros de creatividad literaria en nuestro país, y más aún, la resistencia de algunos espacios formativos para crear carreras de escritor en México.

 La literatura, por supuesto, es esencial, pero ¿el escritor nace o se hace?

 Mi visión es que en México no se enfatiza la enseñanza de la escritura, aún en las carreras literarias se otorga mucho peso a la lectura, mas no a la escritura. Por supuesto que leer, y leer mucho, es básico si se aspira a ser escritor decente. No concibo escritor que no lea, ni lectura que no aporte al arte de la escritura. Sin embargo, la mayoría de las veces se aprenden las reglas ortográficas y gramaticales de manera empírica, no a través de una formación profesional. ¿Qué sucede con el uso de las metáforas, las personificaciones, la sinestesia, el hipérbaton, el hipérbole y los eufemismos? ¿Cómo se aprende a evitar las cacofonías y los pleonasmos? ¿Quién enseña a experimentar la producción de textos de diversos géneros, perspectivas, formalidades y motivos?

El talento para escribir es beneficio de unos cuantos, el resto, tenemos que aprenderlo sobre la marcha y es ahí donde hacen falta carreras de escritor, que combinen la lectura con la escritura intensa y que formen a los futuros genios de la pluma.