• Facebook

  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

Día del padre

Papá, donde quiera que estés, quiero decirte que para mí todos los días son dignos de celebrarte. Sueño contigo todas las noches, te recuerdo en todo momento durante el día, y precisamente hoy, que todos los mensajes exteriores son alusivos a la figura paterna no es un día más importante que otros para festejarte, para venerarte y para enorgullecerme de tu obra.

Fuiste el mejor padre que pude haber tenido, enfrentaste al mundo desde tu trinchera que muchas veces se convirtió en un “bunker”, y tantas otras en un campo abierto de batalla. Comandaste a tu familia con gallardía y valor, con el ferviente deseo de crear lazos irrompibles, y lo lograste.

Quisiera mandarte un abrazo, pero ya no es posible que lo recibas, así que te mando mis pensamientos, mis recuerdos y mi amor que todos los días me inundan cuando pienso en ti. Hoy no es un día ni más, ni menos importante, es un día más que no estás conmigo y hoy te quiero tanto como el resto de los días…

Anuncios

Obra citadina…

La ciudad es el escenario de una obra sin título, que no tiene principio ni fin, únicamente clímax, nadie ha ensayado para tal motivo, nadie entiende todavía el guión, pues aún nadie lo escribe.

Los tramoyistas edifican la escenografía, los actores no tienen tiempo de detenerse a mirar, se encuentran en plena actuación. Algunos otros, espectadores de la vida contemplan la obra sin mucho ánimo para participar de ella. Los roles se intercambian y espectadores pasan a ser actores, mientras que los actores toman asiento y contemplan la escena.

Me encuentro en pleno paseo de la Reforma, sin saber en qué número de acto estoy. Mi butaca es el asiento de mi auto, que con impávida lentitud pretende avanzar entre el eterno desfile multicolor de carrocerías y neumáticos. La amplia avenida, es un interminable exhibidor de automóviles que no pueden avanzar ni retroceder. Es entonces que puedo contemplar la escenografía: cientos de actores y espectadores se encuentran en las amplias aceras. Los primeros, protagonistas de su propia existencia, se hacen cargo de las escenas difíciles, de las románticas, de las apasionadas, de las enérgicas, de las violentas. Los segundos, contemplan con curiosa pasividad lo que ahí sucede, normalmente sentados en butacas o situados en lugares estratégicos para tener una mejor visión. Curiosamente abundan los vendedores de refrigerios que no pueden faltar en ninguna obra decente.

Siento que estoy en otro mundo, tal vez en un sueño, en una de mis fantasías o en la de alguien más. Veo un grupo de niños que corren tras una pelota e intentan pasarla entre dos árboles que uno de ellos custodia con ojo avizor.

Del otro lado, alcanzo a ver a un señor que mira el desfile de autos recargado en su carrito de gelatinas, esperando que algún conductor decida degustar alguna de aquellas temblorosas tentaciones. Junto a él, transita un grupo de señoritas cargando bolsas de papel con logotipos y nombres impronunciables, que sin embargo, he escuchado mencionar miles de veces en todo tipo de medios publicitarios, lo que me hace preguntarme, si aquellas bolsas que contienen diversos artículos costosos en el interior, valdrán lo mismo que el carrito de gelatinas del actor que desfiló previamente en el escenario.

Metros más adelante, dos espectadores se pierden la obra y prefieren envolverse en la calidez de un apasionado beso. Él, sentado en una banca. Ella, sentada en sus piernas. Ante tal demostración de pasional juventud, me es difícil descifrar cuándo ellos se convirtieron en protagonistas y los conductores dentro de nuestros autos en espectadores de aquella escena. Tal vez siempre fueron ellos los actores y nosotros los espectadores, o al revés.

Un niño reclama con potente voz infantil y rostro inundado de lágrimas, cuando ve frustrado su intento de conseguir que su madre le compre un globo. El globero sonríe pero no puedo evitar pensar que seguramente su frustración es más grande que la del niño. La madre, permanece impávida, sigue su andar sin soltar la mano del niño que tira en la dirección opuesta.

Volteo la cabeza hacia la otra acera, un pequeño maltés blanco ladra enfurecido y se yergue en sus patas traseras mientras su dueña sostiene la correa que le ata. Dirijo la mirada hacia donde el pequeño animal está viendo, observo entonces la razón de su furia, dos negros e imponentes perros doberman, con collar de picos metálicos, que sin inmutarse por semejante demostración de antipatía, continúan su camino sujetos de la correa por su amo, que trota para mejorar su condición física. Me pregunto si el maltés tendrá alguna especie de arma secreta, que le haga pensar que podría contra semejantes adversarios, tal vez piense que su dueña lo defendería en caso de ser necesario, o si simplemente confía en la rapidez de sus pequeñas patas.

Al final del lento peregrinar llego a un semáforo. Tengo justo frente a mí al Ángel de la Independencia, orgulloso, sereno, firme. Entran en escena los malabaristas con traje de payaso y trasero descomunal, lanzando múltiples pelotas al aire trepados en los hombros de un compañero de oficio.

Por el otro lado se acerca una hermosa chica con vestido rojo entallado y banda blanca atravesando desde su hombro hasta su cintura. Trae en la mano propaganda y algún artículo de muestra. Se acerca al público espectador que amablemente bajan sus ventanillas para recibir aquel objeto desconocido con una amplia sonrisa, como si hubieran manejado hasta ahí solamente para poseerlo, pues siempre es agradable recibir algo gratis, no importando de lo que se trate. Las ventanillas vuelven a subir ante la proximidad de los malabaristas que han terminado su acto, al cual le robó cámara la escultural promotora y sus preciados obsequios.

La luz es verde ahora, avanzo, e inexplicablemente el corredor está vacío, se terminó el tumulto. Todos pisamos el acelerador, la obra parece haber terminado, o tal vez apenas comienza, sin embargo ahora, todos tenemos prisa por regresar a casa…

Pensamientos sobre el mundial…

Hola. Me llamo fútbol. Soy amado por muchos y despreciado por otros; pero puedo ufanarme de que sin importar devotos o detractores, nadie puede sustraerse de mi presencia.

Por estas fechas me gusta colarme en los televisores del mundo, estar de boca en boca, ser el tema de moda y finalmente servir a mi propósito: distraer a las personas de su cotidianidad.

Francamente, nunca he tenido claro por qué la gente clama por pan y circo, pero no importa, yo soy el circo y cada cuatro años vengo puntual a mi encuentro con las masas. Es una lástima que desde mi perspectiva puedo ver que el pan no llega, lo cual es lamentable. Tal vez no sea tan formal como yo, por eso no se presenta. En fin… no tiene nada de malo que la gente recurra a la diversión visual ¿o si? Al final soy motivo de charlas de café o cantina. Mi objetivo es que la gente olvide lo que sucede a su alrededor, que ignoren que el mundo sigue girando y mejor se concentren en el giro del balón. Creo que lo logro cabalmente.

Tengo muchos dones, uno de ellos es que soy una excelente plataforma para producir una lucrativa suma de dinero que se intercambia de manos entre los negocios legítimos y también entre los ilegítimos  ¿por qué no?

Siempre que vengo de visita, suelo dejar una derrama económica importante en el país en donde me presento, sin embargo siempre me asalta una duda: ¿los sectores que realmente lo necesitan tienen alguna ganancia? Bueno, regreso al tema anterior, el pan no llega a la cita.

Este año visito Sudáfrica. Me encanta, nunca había estado aquí. Me he sentido como rey, pues han construido estadios completos por mi; han remodelado hoteles para las personas que vienen a verme; me gusta sentir que soy causante de “primer mundizar” a una nación como esta, al menos durante un mes. En cierto sentido me intriga qué harán con los estadios una vez que me haya ido, y con todas las facilidades construidas para agasajarme ¿será que por fin los pobladores de este país tan necesitado gozarán de tanta infraestructura para usarla cuando quieran? Porque me imagino que tienen derecho a usarla, se construye con recursos que ellos mismos aportan… en fin.

Me quedo un mes, tengo planeado divertirme, disfrutar de mi estancia y dejar una buena impresión en mis admiradores.  En cuatro años regresaré y seguramente tendré una bienvenida apoteótica como siempre, hasta entonces… Gracias por el caluroso recibimiento.