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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

El hoyo en la pared

Hay un pequeño hoyo en la pared de mi habitación, suelo asomarme a través de él para contemplar lo que hay afuera. He visto amaneceres y atardeceres, anhelos y decepciones, cerrazón y templanza, he visto el mundo y también de vez en cuando solo neblina blanca.

 

Un día miré a través del pequeño hoyo y observé un pequeño ser, casi humano, inmóvil, que me observaba, era como una diminuta versión de una persona, de apenas quizá dos centímetros de altura, que vestía ropas color verde con olanes blancos, casi como un traje típico de alguna región irlandesa. Me quedé atónito, despegué la mirada por unos segundos mientras cavilaba lo que acababa de observar, me restregué los ojos incrédulo y nuevamente me asomé, el diminuto ser de ropajes verdes seguía ahí, pero ya no estaba inmóvil, ahora danzaba frenéticamente alrededor de una mesa de banquetes tan diminuta como él mismo, dispuesta para recibir tal vez a una docena de invitados por la cantidad de comida miniatura que había sobre ella. Todo lucía suculento, y por un momento deseé encogerme hasta su tamaño y ser parte del convite, pero no sucedió, lo único que pude hacer fue seguir contemplando la impetuosa danza que aquel ser ejecutaba. Tuve el impulso de hablarle y hacerle mil preguntas que rondaban mi cabeza pero temí que ni siquiera habláramos el mismo idioma o tal vez el volúmen de mi voz que para mi resulta normal, para él representara una fuente de insoportables decibeles, cualquiera que fuera la razón, permanecí en silencio, observándolo por largo rato. No me percaté en qué momento el sueño me venció.

 

Cuando desperté algunas horas después, recordé al pequeño personaje de verdes ropajes y de inmediato me asomé por el hoyo de la pared, para mi sorpresa, había desaparecido todo indicio de su presencia, tampoco la mesa de banquetes estaba ahí y seguramente los invitados ya se habían marchado. Sentí una tremenda decepción, parecida a leer un cuento y no haber llegado nunca a conocer el final.

 

Desde aquel día, invariablemente me asomo al hoyo de la pared, con la esperanza de volver a ver al diminuto ser y quizá algún día ser parte del banquete, hasta hoy, no lo he vuelto a ver…

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Mi próximo libro

Hace cerca de tres semanas comencé a escribir mi tercer intento de libro, el cual aún no toma forma, pero ya está en el horno, cocinándose a fuego lento y con mucha calma.

Decidí emprender este proyecto, simplemente porque me gusta escribir y por recomendación de alguien muy cercano que leyó un borrador que escribí hace tiempo, y que me convenció de aventurarme a esta emocionante experiencia.

Disfruto mucho escribir, y me he propuesto como forma de vida hacer más de lo que más disfruto. No pretendo que el libro sea un best seller, pero si pretendo pasar mis tardes sentado en un balcón con una taza de café, plasmando con letras el mundo imaginario que tomará forma poco a poco, esa es la verdadera intención, porque el café sabe mejor acompañado de letras.

¡Un abrazo para todos!

Cómo sobrevivir a un 14 de febrero

Sonó el despertador, y sus sueños se diluyeron como por arte de magia.

 

– ¡Las seis! – Murmuró entre dormida y despierta.

 

Su primer deseo fue el de volver a acurrucarse y retomar el hilo de aquel sueño que si bien no era hermoso, al menos valía la pena conocer el desenlace, después de todo, eso hacía todas las mañanas hasta que su despertador se hartaba de emitir sonidos. Sin embargo, esta mañana era diferente, recordó que tenía una cita con aquel misterioso hombre que había conocido varios meses atrás en un sitio Web de citas, después de innumerables y agradables charlas, por fin habían acordado un encuentro en persona, ella incluso había mentido en su trabajo para asegurarse el día libre.

 

Se incorporó de la cama con mucho más entusiasmo que los otros días. Cuando terminó de bañarse se esmeró particularmente en su arreglo personal. Destapó aquel perfume que comprara en navidad y que había guardado para ocasiones especiales. Arregló su cabello y lo ató con la cinta azul que consideraba de buena suerte. Recordó las palabras que su amiga Verónica le había dicho durante la cena de la noche anterior:

 

– ¿De verdad estás segura de querer conocerlo? Solo tienes su foto, debes tener cuidado y asegúrate  de que la cita sea en un lugar público – Decía.

– ¡Claro que quiero conocerlo!… es muy guapo en su foto y creo que podría ser el amor de mi vida, además va a ser perfecto conocerlo precisamente el 14 de febrero, no hay nada más romántico – Respondió.

– Pues insisto en que tengas cuidado y sobre todo no te enamores de él en la primera cita – Dijo su amiga Verónica.

 

Con estas palabras en la cabeza, se acomodó el abrigo, tomó las llaves de la vieja mesa de roble y salió con rumbo a la cafetería que serviría de escenario para el ansiado encuentro.

 

– “No te enamores de él en la primera cita”, como si no estuviera ya enamorada de él – Se repetía. Nunca se había atrevido a confesar sus sentimientos durante las sesiones de chat que ambos sostenían, y no sabía por qué. Quizá tantos fracasos amorosos en el pasado le llenaban de miedo el corazón. Aún así, estaba dispuesta a correr el riesgo y jamás perdía la esperanza de que esta vez fuera la definitiva, incluso usaba como protector de pantalla la foto que aquel hombre misterioso le enviara, como si fuera su mayor tesoro.

 

Llegó al café media hora antes de la hora acordada.

 

– Bienvenida señorita, ¡feliz 14 de febrero!

– ¡Gracias! Es un lindo día ¿no le parece? – Respondió… – Las cosas siempre suceden por algo – Dijo para si misma.

 

Pidió un expreso y se acomodó en unos de los mullidos sillones, no pudo hacer más que dejar que su imaginación volara, se vio a si misma envuelta en un apasionado idilio de novela, también pudo imaginar su futuro más lejano, en él se veía disfrutando de una hermosa familia, al lado de aquel hombre misterioso que ahora parecía tan cercano.

 

– Me inspira confianza, es educado y amable, además de guapo, es como el hombre que siempre soñé – Pensaba.

 

Había pasado una hora desde que llegó al café y aún estaba sola. – Tal vez mi celular se apagó y no pueda comunicarse conmigo – Pensó. Tan pronto sacó el teléfono de su bolso comprobó que funcionaba perfectamente y no tenía llamadas ni mensajes desde el día anterior. – Seguramente está atorado en el tránsito, no debe tardar en llegar – Dijo para si misma.

 

Tomó una revista y comenzó a leer un artículo que hablaba sobre cómo conseguir enamorar a cualquier hombre, trató de memorizar los consejos, uno de ellos en particular: “Conquístalo con tu sonrisa, regálale la mejor que tengas”. Siempre había sido elogiada por su sonrisa, desde que era una niña, era su arma más poderosa.

 

Había leído una docena de artículos más cuando se percató de la hora – Nadie llega dos horas tarde a menos que no piense llegar – Murmuró para sus adentros. Se sintió triste, enojada, decepcionada, desesperanzada; había mentido en su trabajo para tomarse el día y ahora sentía que había sido en vano, no le importaban las razones por las que su ansiada cita no se había presentado, sabía que era el principio del fin, o el fin de lo que no tuvo principio.

 

Lloró lo más disimuladamente que pudo, no quería llamar la atención de los clientes de la cafetería que parecían envueltos en una nube rosa de 14 de febrero. Se sentía desolada y casi sin pensarlo siguió hojeando la revista.

 

– “Conquístalo con tu sonrisa”… ¡claro, si tuviera a quien conquistar! – Se repetía. Se limpió la última lágrima que estaba dispuesta a derramar por aquel hombre que había perdido la oportunidad de conocerla. En cuanto regresara a casa lo borraría para siempre de su corazón, de sus “cibercontactos” y de su protector de pantalla.

 

Con determinación decidió salir de la cafetería y volver a casa, dejó a un lado la revista y se formó en la fila para pedir un café para llevar. Se percató de que el hombre que se encontraba delante de ella en la fila era muy apuesto, cargaba un portafolio de computadora que se hallaba parcialmente abierto, un sobre asomaba por la ranura a punto de caer, así que ella le tocó el hombro.

 

– Disculpe, su portafolio está abierto y está a punto de perder un sobre” – Dijo ella.

– Ah, muchas gracias, es una fortuna que no se haya caído, es un sobre muy importante – Respondió el hombre.

– No hay de qué – Dijo ella.

– ¿Se encuentra usted bien señorita? Se le ve muy triste y con señales de haber llorado – Dijo aquel hombre.

– Si, estoy bien, es solo que no me gusta el 14 de febrero – Respondió ella.

– Bueno, a mi tampoco, me recuerda que estoy solo pero ¿sabe algo? sólo es una fecha, cualquier día debería ser un buen día – Contestó él.

– Tiene razón, pero a veces las cosas no son como quisiéramos que fueran… ¿qué se hace en estos casos para mejorar el día? – Dijo ella.

– Bueno, las cosas nunca son como quisiéramos, y esos son los retos que tenemos que enfrentar, eso es lo hermoso de la vida – Dijo aquel hombre.

– Nuevamente tiene razón, pero por ahora no se me ocurre como cambiar mi suerte – Respondió ella.

– Pues si no tiene planes para hoy podemos sentarnos a discutir sobre la suerte y la vida, yo pago el café – Dijo él.

 

Ella sintió que el día comenzaba a mejorar, lo miró y le regaló la mejor de sus sonrisas…

Amor no olvidado

Hoy te recordé y comencé a extrañarte. No sé si nunca lo superé, o si mi castigado ego provocó el mutismo que me mantiene ausente y sin embargo pendiente de tu existencia.

Quizá la neblina que asoma esta mañana por mi ventana me hizo evocar tu recuerdo, o tal vez fueron las escamas metálicas de la lluvia de anoche. No lo sé… pero esta mañana mis cinco sentidos te echan de menos.

Recordé tus pies descalzos sobre los míos y como odiabas sentir el césped; recordé la humedad de tu cabello cuando reíamos bajo la lluvia de verano, yo intentando refugiarme y tu obligándome a empaparme. También recordé el contorno de tu cuerpo bajo la breve tela de las sábanas de lino; y el sutil sabor virginal en la punta de nuestro deseo. Recordé el olor a panecillos de jengibre que salía del horno en las tardes lluviosas.

¿Cuántos besos de buenas noches compartimos? ¿Lo has olvidado? Ciento treinta y dos, contando aquel que nos dimos sin querer. No sé por qué lo recuerdo, a estas alturas ya debería haber presionado el botón de “reset”.

Nunca supe qué fue de ti, me gusta pensar que me recuerdas alguna vez durante tus noches indelebles. Me gusta pensar que siempre fue tu intención contarme por qué tenías vértigo cuando te invitaba a volar conmigo; o por qué preferías vainilla en lugar de chocolate; y por qué te gustaba el pospretérito y a mi el presente perfecto. No es que quisiera que fueras como yo, pero hubiera querido que tomáramos el mismo tranvía.

No sé por qué nunca fui capaz de preparar el baúl de los amores olvidados para recibirte a ti, con bombo y platillo, con alfombra roja y pétalos de rosa regados en tu honor.

Podría volver a caminar sobre el césped, pero no deseo sentir el camino, no tiene caso sin aquellos pies descalzos sobre los míos.

La espera

El reloj marca la una mas un cuarto. Hace ya cuarenta y cinco minutos que él aguarda, impávido, desgarbado, estático, con la mirada en el horizonte, mira sin observar. Su mente se encuentra ausente, pero su presencia en aquel sombrío lugar sigue intacta.

Las manos en los bolsillos le delatan, la impaciencia le asalta y la duda lo desgarra. Su única distracción es la mesa de billar que tiene enfrente. La contempla, se imagina tomando el taco de madera, colocándose en posición inclinada sobre la mesa, fijando la vista en el centro de la brillante bola blanca y ejecutando un movimiento de brazo tan perfecto que cada objeto sobre el paño verde es tocado en el punto exacto para terminar con una carambola impecable. Sin embargo, nada de eso está sucediendo, él sigue de pie en el mismo lugar y se da cuenta que su mente busca desesperadamente escapar de la realidad. Ocasionalmente levanta un poco la mirada y observa las botellas vacías en las mesas del fondo, sin animarse a pedir una que le ayude a abstraerse del entorno.

 Dos hombres sentados en la mesa mas próxima le invitan a beber. Él sonríe con amabilidad pero declina la invitación. Los hombres impávidos mantienen la vista en sus copas, adormilados, ausentes, juntos pero solitarios, sumergidos en su propio mundo, ocultando cualquier gesto delator bajo el sombrero. Él se percata de que no hay muchos clientes a esa hora. Al fondo, otro hombre duerme sobre una mesa, utilizando sus brazos como almohada sobre la que reposa el rostro. En la esquina dos mujeres se ocupan de sus propias labores sin prestar atención a la silenciosa desesperación de cuanto ser se encuentra a su alrededor.

Sin más razones para aguardar, que una injustificada esperanza de que suceda un milagro, él sigue de pie junto a la gran mesa de billar, su inquebrantable voluntad de aguardar impávido se tambalea. El taco  de madera sigue en su posición original, las bolas no se han movido ni un milímetro, al igual que sus pensamientos. Tal vez es tiempo de aceptar la invitación de los dos hombres adormilados, tal vez es momento de salir de aquel lugar, tal vez lleva demasiado tiempo aguardando, tal vez lo que sea que aguarde no va a llegar.

Relato de día de muertos

A propósito del 2 de Noviembre, día en que se celebra el día de muertos en México.

 

Aquella era una vieja mansión cuya edad había sido olvidada por el tiempo. Se encontraba edificada justo en medio de un oscuro y mal oliente pantano. Un puente de roca conducía desde el espeso bosque hacia la pesada puerta de madera, custodiada por dos terribles estatuas con forma de temible dragón, a cuyos ojos vigilantes no escapaba visitante alguno.

Un viajero que había extraviado el camino por el bosque, llegaba en aquel momento a la orilla del puente con forma de arco. Al contemplar la vieja construcción, no pudo evitar un estremecimiento que le recorrió desde la cabeza hasta la punta de los pies. Sigiloso se acercó hasta la gran puerta de madera. Tan arrepentido se encontraba de haberse aproximado al lugar que intentó dar media vuelta. De pronto, la pesada puerta se abrió crujiendo y rechinando de manera espeluznante. Su caballo relinchó asustado, irguiéndose sobre las extremidades traseras debido a la silueta que había aparecido en el portón. Se trataba de un anciano encorvado y calvo, que a pesar de su incalculable edad ostentaba una agilidad inusual.

– Pase caballero, no debe andar solo por estos bosques, es peligroso – dijo el anciano con una voz que parecía surgir de ultratumba.

 No fue el deseo lo que hizo al viajero seguir al anciano hacia el interior, sino el enmudecimiento y la falta de argumentos para negarse.

– Lo llevaré al comedor. Hoy celebramos una ocasión especial y tanto al amo como a los invitados les alegrará contar con un comensal más –  dijo amablemente el anciano mientras se acercaban a una puerta tras la que se escuchaba el bullicio de lo que parecía ser una verbena.

El viajero se encontraba totalmente arrepentido de haber ingresado a aquel lugar, sin embargo, ambos llegaron al comedor. Tuvo que ahogar un grito de terror cuando contempló a los invitados que ocupaban las sillas alrededor de la enorme mesa de caoba: Una familia de vampiros que bebían de copas que contenían un espeso líquido color carmesí; una momia vendada de la cabeza a los pies, cuya única parte visible eran los ojos; tres demonios con cuernos y larga cola, que calentaban sus alimentos sosteniéndolos con las manos flameantes; media docena de zombies que aprovechaban cualquier distracción del resto de los comensales para robarles trozos de comida; un hombre lobo que bebía agua de un cuenco, metiendo y sacando repetidamente la lengua; algunos fantasmas juguetones que flotaban y hacían piruetas en el aire, alrededor del viejo candelabro; un espectro con manos de hueso y túnica negra, cuyo rostro era imperceptible; y finalmente una calavera que amablemente se levantó de su silla para acercarse al viajero y ofrecerle ocupar un asiento.

– Adelante noble caballero, hay comida suficiente y para todos los gustos – dijo la calavera, haciendo mover sus huesuda mandíbula.

Sin habla y sin posibilidad de resistirse el hombre avanzó hasta la silla y se sentó. – Esto debe ser una pesadilla – se repetía restregándose los ojos.

La calavera se sentó a su lado haciendo crujir sus huesos – disculpe usted la bulla, mis invitados son algo festivos –  dijo, mientras el viajero la miraba sin atinar a pronunciar palabra alguna.

El anciano mayordomo dispuso frente al viajero un plato cubierto. Al destaparlo apareció un pato horneado de aspecto suculento, acompañado de finas viandas. Acto seguido le sirvió una generosa copa de vino.

– Espero que nuestro menú para humanos le agrade – dijo la calavera anfitriona, con el mismo tono amable.

– ¿Menú para humanos? – preguntó el viajero.

– En efecto, aquí servimos un tipo de platillo diferente de acuerdo a los gustos de cada invitado – respondió la calavera – Observe. El hombre lobo gusta de comer estofado de gallina; a la familia de vampiros le servimos una copa de sangre recién exprimida; a los zombies, jugosos cortes de carne para reponer la que han perdido; a los demonios les servimos caldo preparado con las almas de los hombres que jamás se arrepintieron de sus culpas; la momia suele mostrarse inapetente, lo mismo que los fantasmas, tal vez porque ambos carecen de boca – dijo con tono meditabundo.

El viajero se sintió un poco más sereno de que ninguno de los invitados al extraño banquete acostumbrara comer viajeros recién llegados. Intentó cortar un trozo del delicioso pato horneado con viandas que le habían servido.

Los fantasmas regresaban a sus asientos, agotados de las incontables vueltas alrededor del viejo candelabro; el hombre lobo se había acercado a una de las enormes ventana a fumar un cigarrillo y tomar un revitalizante baño de luna; la momia se había acercado al sanitario, deseosa de enredarse el papel de baño en todo el cuerpo, pues nada le producía más placer que el olor a manzanilla; los demonios hacían trucos con sogas incendiadas que giraban por sobre sus cabezas, mientras se inclinaban hacia atrás hasta quedar tan flexionados que casi tocaban el suelo con la espalda; el espectro con manos de hueso permanecía impávido en su asiento; los zombies bailaban al ritmo de la música del viejo órgano tubular que era ejecutado de manera magistral por el anciano mayordomo. De vez en cuando tenían que detenerse para recoger algún pedazo de brazo u otra parte del cuerpo que solía desprenderse ante tan agitado ejercicio aeróbico.

– Cuénteme de su mundo – dijo la calavera – me interesa mucho saber como viven los humanos.

– ¿Por qué le interesa? – preguntó el viajero.

– Porque uno de mis mayores sueños ha sido apreciar de cerca su vida, poder entrar en sus hogares sin que los niños se asusten, estar presente en sus cenas, festividades y reuniones familiares – respondió la calavera – Le he prometido a mis hijos llevarlos algún día al mundo terrenal, sin embargo, sé que es difícil porque los humanos me temen, represento demasiada amargura para ellos.

El viajero se quedó pensativo por algunos momentos.

– ¿Cuántos hijos tiene? – preguntó a la calavera.

 – Cientos, miles, millones. He perdido la cuenta después de tanto tiempo, pero tengo uno por cada ser humano que cumple su ciclo de vida – respondió la calavera.

– Si la amargura es el problema creo que podemos hacer algo al respecto – dijo el viajero. Enseguida se puso de pie y se dirigió a todas las criaturas presentes.

– ¡Consíganme toda el azúcar que puedan encontrar en la mansión! – Gritó – ¡hoy la calavera y sus hijos visitarán el mundo de los humanos!

Todos los invitados sin excepción se apresuraron a la gran cocina y extrajeron millones de sacos de azúcar. El viajero comenzó a dar instrucciones a cada uno de ellos:

– Los zombies deberán conseguir todo el papel de color brillante que puedan; los demonios calentarán los calderos para derretir el azúcar; los vampiros reunirán a todos los hijos de la calavera y los traerán al gran salón; los fantasmas flotarán por todo el mundo y harán una lista con todos los nombres humanos que puedan encontrar; el espectro con sus manos de hueso introducirá a la calavera y a su familia al caldero cuando la melaza esté lista; el hombre lobo conseguirá bolsas para que yo pueda transportar a las calaveras en mi caballo; y la momia… la momia limpiará el desorden del piso y de la mesa con sus vendas; – ordenó el viajero. Todos pusieron gustosos manos a la obra, eran muy cooperativos.

Al terminar su alegre faena, el viajero montó en su caballo y lo cargó con las bolsas que contenían las calaveras cubiertas de azúcar, adornadas con papel de colores brillantes y con los nombres humanos pegados en la frente.

Desde entonces, en cada hogar humano, las calaveras de azúcar contemplan a las familias departir gustosamente entre risas, cantos y juegos.

Amor y dinero

– ¡Ya no tenemos agua caliente! – dije exaltado.

– ¡Pues báñate con fría! – replicó ella con tono impaciente.

– ¿Pero que no ibas a comprar esta semana el gas para el calentador? – respondí.

– Como si alcanzara con el dinero que tenemos – me dijo mientras me dirigía una mirada asesina. No insistí.

Hacía apenas una semana que me encontraba leyendo el periódico, sentado en mi sillón favorito de la casa, con vista hacia el jardín. Bastaba con levantar la cabeza para empaparse de aquel panorama en el que predominaba el color verde de las hojas sobre el césped recién cortado. De vez en cuando ella pasaba detrás de mí y mecía mis cabellos con los dedos, solía inclinarse y darme un beso en la mejilla.

– Eres el hombre perfecto – decía.

Lo teníamos todo, habíamos construido una barrera afectiva impenetrable, al menos eso sentía yo.

– ¿No te cansa escuchar ese disco de Roberto Carlos una y otra vez? – solía preguntarle.

– Claro que no – me respondía -, “No te apartes de mi” es mi canción favorita, me recuerda a ti.

Tuve una idea. En la siguiente navidad le regalaría unos boletos para volar a Río de Janeiro y asistir a una presentación del cantante. Guardaría celosamente el secreto y prepararía algo especial para sorprenderla. Quizá una cena en aquel restaurante en el que servían lomo de jabalí en salsa de arándanos y su postre favorito, pastel de vainilla inglesa con láminas de tabaco.

Como aún faltaba tiempo para la celebración navideña, se me ocurrió pasar a la mañana siguiente a comprarle un ramo de rosas rojas, con el tallo largo como le gustaban, pues decía que las de tallo corto solo se podían meter en un florero, sin embargo las de tallo largo se podían plantar en el jardín. Ella tenía un don para cuidar las flores.

Cuando miré el ramo de rosas recién comprado, tuve la sensación de que aquel modesto presente no era suficiente, así que lo acompañé con su perfume favorito: “Pure Elixir Poisson” y una caja de finos chocolates belgas.

– ¿Efectivo o tarjeta? – me preguntó la vendedora.

– Tarjeta por supuesto – respondí, obviando que nadie cargaría en efectivo aquella impresionante cantidad de dinero impresa en el ticket de compra. ¡Ella lo valía!

Al regresar a casa después de una extenuante jornada laboral, apenas abrí la puerta, ella bajó corriendo la escalera para recibirme. Cuando me vio con el ramo de rosas en la mano, acompañado del costoso perfume y aquellas delicias belgas, se apresuró hacia mis brazos y me cubrió de besos. ¡El plan había salido perfecto!

Hacía una semana, todos los planes salían perfectos.

Apenas ayer recibí la noticia. Habría recorte de personal en la oficina, todo aquel que tuviera menos de cinco años trabajando para aquella corporación sería susceptible de “entregar la credencial de acceso”. Mi tiempo de trabajo acumulado desde que firmé contrato no excedía los cuatro años y ocho meses. Tras un día de agónica incertidumbre, mi jefe me llamó a su oficina. Una hora más tarde, mis temores se habían confirmado, formaba parte de los afectados por el recorte.

Cuando llegué a casa, no llevaba mi habitual expresión alegre de todos los días, esta vez era diferente. Ella bajó la escalera para recibirme como siempre. En cuanto me vio supo que algo pasaba. Le conté lo acontecido en aquella oficina a la cual ya no podría volver al día siguiente. Le conté de mis frustrados planes para asistir con ella a la presentación de Roberto Carlos en Río de Janeiro para la navidad siguiente. Le conté lo que había gastado en aquel ramo de rosas de tallo largo, acompañado de chocolates belgas y su perfume favorito. Todo aquello había sido pagado con el crédito que yo creía inagotable y que ahora no podría cubrir, al menos hasta encontrar un nuevo empleo igual de bien pagado.

Cuando levanté la vista, ella me miraba con expresión seria. No dijo palabra alguna. Se levantó y fue hacia su habitación.

Los días siguientes fueron como estar viviendo la vida de alguien más. No parecía mi realidad. Ella casi no me dirigía la palabra y cuando lo hacía era para reprocharme por alguna compra que ya no podría hacer debido a mi despido.

El frío de la ducha me hizo olvidar aquellos recientes recuerdos y emitir un gemido involuntario por la desagradable sensación del chorro de agua sobre mi espalda.

– Tengo una oferta de empleo – le dije, tratando de disimular el temblor de voz provocado por la gélida temperatura del agua.

Ella entró al baño y corrió la cortina tras la cual yo intentaba enjabonarme.

– ¿En serio? ¿En dónde? – preguntó.

– Es una empresa de reciclado de residuos, no es tan bueno el pago, de hecho es mucho menor que el anterior, pero es algo temporal – respondí.

Nuevamente cambió su expresión, desapareció la sonrisa de entusiasmo que durante breves instantes me había obsequiado y apareció una mirada dura. Cerró la cortina del baño y salió sin decir palabra alguna…