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  • El libro del mes

    El Fuego Verde

    Verónica Murguía

    Historia medieval de cuando los elfos y espíritus del bosque aún existían y los bosques llenaban la tierra como un mar verde

  • El disco del mes

    Ma Fleur

    Cinematic Orchestra

    Excelente disco de Acid Jazz que cuenta con la colaboración de importantes voces como la de Fontanella Bass y Patrick Watson

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El hoyo en la pared

Hay un pequeño hoyo en la pared de mi habitación, suelo asomarme a través de él para contemplar lo que hay afuera. He visto amaneceres y atardeceres, anhelos y decepciones, cerrazón y templanza, he visto el mundo y también de vez en cuando solo neblina blanca.

 

Un día miré a través del pequeño hoyo y observé un pequeño ser, casi humano, inmóvil, que me observaba, era como una diminuta versión de una persona, de apenas quizá dos centímetros de altura, que vestía ropas color verde con olanes blancos, casi como un traje típico de alguna región irlandesa. Me quedé atónito, despegué la mirada por unos segundos mientras cavilaba lo que acababa de observar, me restregué los ojos incrédulo y nuevamente me asomé, el diminuto ser de ropajes verdes seguía ahí, pero ya no estaba inmóvil, ahora danzaba frenéticamente alrededor de una mesa de banquetes tan diminuta como él mismo, dispuesta para recibir tal vez a una docena de invitados por la cantidad de comida miniatura que había sobre ella. Todo lucía suculento, y por un momento deseé encogerme hasta su tamaño y ser parte del convite, pero no sucedió, lo único que pude hacer fue seguir contemplando la impetuosa danza que aquel ser ejecutaba. Tuve el impulso de hablarle y hacerle mil preguntas que rondaban mi cabeza pero temí que ni siquiera habláramos el mismo idioma o tal vez el volúmen de mi voz que para mi resulta normal, para él representara una fuente de insoportables decibeles, cualquiera que fuera la razón, permanecí en silencio, observándolo por largo rato. No me percaté en qué momento el sueño me venció.

 

Cuando desperté algunas horas después, recordé al pequeño personaje de verdes ropajes y de inmediato me asomé por el hoyo de la pared, para mi sorpresa, había desaparecido todo indicio de su presencia, tampoco la mesa de banquetes estaba ahí y seguramente los invitados ya se habían marchado. Sentí una tremenda decepción, parecida a leer un cuento y no haber llegado nunca a conocer el final.

 

Desde aquel día, invariablemente me asomo al hoyo de la pared, con la esperanza de volver a ver al diminuto ser y quizá algún día ser parte del banquete, hasta hoy, no lo he vuelto a ver…

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El mundo estaba bien…

 

A pesar del velo que cubre su destino y de la demencia con la que me aferro a sus pasos, nuestras vidas están eternamente unidas por un beso, sin importar lo que suceda, ella es parte de mi; como olvidar que en aquella otra vida me sentía arropado entre sus brazos, tan inverosímil como un viaje a tierras lejanas y tan fugaz como los fuegos artificiales que se perciben desde el balcón de una celebración que nunca tuvo lugar, y sin embargo éramos ella y yo, volábamos juntos e imaginábamos personajes extraordinarios que trascendían tiempo y espacio, entonces el mundo estaba bien.

 

Solía recibirme con un beso ,casi tan perfecto como el de la primera vez, y sus labios eran tan cálidos que cualquier temor se desvanecía al entrelazar sus dedos con los míos, entonces caminábamos tomados de la mano, conversando sobre pueblos mágicos y campos de golf, sobre helados sabor macadamia y películas surrealistas de Terry Gilliam.

 

No éramos solamente dos personas más que caminaban por el callejón empedrado bajo la lluvia de junio, éramos tan protagonistas como los personajes de nuestro imaginario, cantábamos en el mismo tono, pateábamos las piñas que caían de los árboles, visitábamos cafés en los que nunca antes habíamos estado, cambiábamos la rutina cada día y lo único que invariablemente estaba presente eran aquellos besos insaciables que nos robábamos el uno al otro.

 

Quisiera poder decirle  que sus palabras siempre llegarán al puerto indicado, que sus ojos tampoco dejan de mirarme y que yo los miro con insoportable nostalgia, que me gustaba y que cada centímetro de mi piel la echa de menos. También quisiera volver el tiempo atrás y aferrarme a aquel último beso…

 

En mis sueños…

Anoche estuviste en mis sueños y te besé… fue como la primera vez, como cuando no importaban los finales no escritos, ni tampoco los escritos, no había finales, y lo único que valía era un largo beso clandestino bajo el cobijo de aquellos tres niveles de estacionamiento.

 

Tu perfume apareció en mi sueño, el jazmín que todos los días aplicabas en tu cuello de manera intencional y que era solo para mi, pude olerlo nuevamente… de forma tan vívida como aquel día.

 

Soñé que otra vez tocaba tus manos suaves y tersas, lentamente las llevaba a mis mejillas y cerraba los ojos, para sentirme protegido, para saber que estabas ahí conmigo, que solo éramos tu y yo.

 

Sueño sin sentido y sin embargo añoro volver a soñar, así como también escribo sin sentido, a veces creo que solo escribo para ti, porque a las palabras no se las lleva el viento, de alguna forma las deposita en el buzón del destinatario correcto, sigo sin saber cómo o por qué, y sé que aún sin dirigirte estas palabras llegarán a ti, y que al menos mientras me lees existo en tu mente.

 

Aquel beso parece haber atado nuestros universos, que siguen girando en sincronía aún a la distancia, y aunque tu mundo ya no me pertenece, sigo tus pasos desde aquí, miro por mi ventana esa gran mancha urbana y te siento en alguna parte, sé que también despiertas en algún lugar,  y que tus palabras y el olor a jazmín me acompañarán a donde quiera que vaya.

 

Escribo tantas cosas sin sentido, que las palabras que debería de decir no las digo y las que no debería decir fluyen sin pudor… nunca te dije que mi letra favorita es la “D”.

 

Anoche te besé en mis sueños, y no quería despertar… no quería…

Carta recibida…

Cada noche fría de insomnio, él solía recordarla, se levantaba cansado de dar vueltas en la cama y volvía a leer alguna de aquellas cartas que recibiera desde algún lugar remoto, entonces le invadía una profunda nostalgia. De vez en cuando miraba dentro del buzón con la esperanza de encontrar una nueva misiva, y al parecer esta era su noche de suerte.

 

Abrió con delicadeza el sobre y comenzó a leer sin poder controlar las palpitaciones provocadas por la emoción y el misterio, pues vivía para recibir aquellas líneas escritas desde un plano sin tiempo.

 

Mientras deslizaba los ojos a través de aquellas letras, evocaba felices recuerdos al lado de su musa, y con cada palabra que leía la extrañaba más. En aquella carta ella le habló de la eternidad de un beso, de alguna que otra lágrima derramada, de una dulce nostalgia y de caminos que no volverían a encontrarse, y aunque él había jurado fortaleza, no pudo evitar que una lágrima deslizara por su mejilla y acabara cayendo sobre el papel blanco y negro.

 

Cuando terminó de leer la carta, el sol comenzaba a asomarse por la ventana, aquella carta había despejado la duda y le había dado certeza de que ella aún lo recordaba a pesar del tiempo y de la eternidad de aquel beso infinito.

 

Quizá ella había sido lo más auténtico que él pudo tener en su vida, quizá aún no se perdonaba por haber hallado el beso perfecto y haberlo perdido, quizá nunca dejaría de pensarla y de quererla…

 

La duda

 

A veces me pregunto si pensarás en mi de vez en cuando, o si aún me lees, y si en tus pensamientos soy aquel villano sin sentimientos que viajó a otra galaxia muy muy lejana.

 

En días como hoy te extraño…

Cuento para una amiga…

 

Me pareció conocida, como si no fuese la primera vez que nuestros mundos se intersectaban. Me encontraba a punto de cruzar la calle cuando ella se detuvo junto a mi. Por más que me esforzaba no lograba atinar cómo es que me era tan familiar.

 

Ella tenía colocados los audífonos y tarareaba una canción de moda, sin importarle en lo más mínimo la gente a su alrededor. Miré por encima de su hombro y pude ver una lista ordenada de canciones en la pequeña pantalla de su iPod.

 

De pronto esas canciones me remontaron a viejos recuerdos, tal vez almacenados en alguna parte de mi mente o tal vez fruto de mi más surrealista conciencia. En mi evocación la recordé con aquel vestido rojo que le sentaba tan bien. Hacía tanto tiempo que me costaba trabajo visualizarla. En ese entonces le había pedido su teléfono sin pensarlo dos veces, y tiempo después, tras la duda y la indecisión, habíamos acudido a aquella primera cita en la que descubrimos las cosas que teníamos en común, como que éramos del mismo barrio y que nos gustaban los animales.

 

Recordé aquel rincón en el que solíamos tomar café por las tardes, que fue testigo de nuestros desvelos, nuestras risas y nuestros sueños.

 

Recordé los caramelos multicolor que me había regalado, a cambio de no olvidar su bebida favorita.

 

Recordé la emoción de haber formado aquel dueto de violín y guitarra, con el que juntos recorrimos el mundo, armonizando a la perfección y comunicando en un lenguaje intangible pero claro para nosotros.

 

Recordé cómo se balanceaba en el aire cuando intentaba escalar una escarpada pared de roca, mientras yo le gritaba que bajara de ahí. Siempre le atrajeron las emociones fuertes y eso era lo que más me gustaba de ella, audaz y encantadora.

 

Recordé cuando subió a su auto y arrancó a gran velocidad, entonces entristecí y la eché de menos. No habría más recorrido gitano por el mundo acompañados de violín y guitarra, no la vería más en su vestido rojo ni habría más tardes de café, no más caramelos ni galletas y no más tés chai sin lactosa.

 

Recordé que el corazón existe para que te lo rompan…

 

Cuando más entristecido por su partida me encontraba, un sonido de claxon me hizo mirar la luz que había pasado de rojo a verde, sin embargo, por alguna razón ya no deseaba cruzar la calle. Ella me miró para regalarme la más tierna de las sonrisas. Tal vez era un nuevo personaje que yo había creado en alguna noche de desvelo, o tal vez nos habíamos conocido en alguna vida pasada. No lo sé.

 

– Que buenas canciones tienes en tu iPod – Le dije sonriendo.

 

 

Mi próximo libro

Hace cerca de tres semanas comencé a escribir mi tercer intento de libro, el cual aún no toma forma, pero ya está en el horno, cocinándose a fuego lento y con mucha calma.

Decidí emprender este proyecto, simplemente porque me gusta escribir y por recomendación de alguien muy cercano que leyó un borrador que escribí hace tiempo, y que me convenció de aventurarme a esta emocionante experiencia.

Disfruto mucho escribir, y me he propuesto como forma de vida hacer más de lo que más disfruto. No pretendo que el libro sea un best seller, pero si pretendo pasar mis tardes sentado en un balcón con una taza de café, plasmando con letras el mundo imaginario que tomará forma poco a poco, esa es la verdadera intención, porque el café sabe mejor acompañado de letras.

¡Un abrazo para todos!